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Materiales comunes |
por Pablo Huerga Melcón *
1. PRESENTACIÓN
2.
LA MECÁNICA DEL DEBATE
El domingo 9 de junio de 1996 fue
publicado en el periódico de economía Italiano Il
Sole 24 Ore el llamado Manifesto di Bioetica
Laica. Este manifiesto venía firmado por Carlo Flamigni, Profesor de Ginecología de
la Universidad de Bolonia, el periodista de Il Sole
Armando Massarenti, el director de la Revista italiana Bioetica, Maurizio Mori, y el profesor de
Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Calabria y director de la revista Biblioteca della libertà, Angelo Petroni.
El Manifiesto se ofrecía como una alternativa
positiva para enfrentarse a los problemas llamados «bioéticos» desde una perspectiva
ajena a la religión, pero no necesariamente contraria a ella, aludiendo al principio de
la autonomía y la responsabilidad en una sociedad plural. Por ello, no tenía otro motivo
directo que el interés por mediar en el profundo debate que la sociedad Italiana estaba
(y está) desarrollando en torno al tema de la Bioética. El periódico Il Sole 24 Ore ofrecía la posibilidad de contestar
al Manifiesto. De esta forma se generó un
debate muy interesante que pudo seguirse domingo a domingo hasta el 21 de Julio de 1996,
en el que participaron los personajes más importantes en el campo de la Bioética
italiana, así como de la Filosofía y de la propia Iglesia católica.
El domingo siguiente a la
presentación del Manifiesto, 16 de junio,
contestaba la Iglesia en un artículo titulado «Laicos, tolerar la autoridad», firmado
por un grupo de representantes del Comité de dirección de la Universidad Católica del
Sacro Cuore de Roma: Angelo Fiori director de la revista Medicina e Morale que es la publicación oficial
del Instituto de Bioética del Centro de Bioética de la Universidad Católica del «Sacro
Cuore» de Roma, Adriano Pessina, Elio Sgreccia director del mismo Centro de Bioética
(vicepresidente de la Academia Pontificia por la Vida), y Antonio G. Spagnolo, Médico
Cardiólogo e investigador del mismo centro. Asimismo, Mario Cattaneo publicaba un
artículo titulado «Io, cattolico, credo che la morale è soltanto una». Y en el mismo
sentido Vittorio Possenti advertía que «Non solo la conoscenza lensce le sofferenze
umane».
El domingo siguiente, 23 de junio
mediaba en el debate abierto con los católicos el filósofo católico Evandro Agazzi cuya
lista de honores hoy por hoy en Italia es difícil de completar, aunque vale presentarlo
como el Presidente de la Academia Internacional de Filosofía de las Ciencias. Su
artículo venía seguido de otros cinco en los que se defendían más o menos los puntos
propuestos por el Manifiesto. Raffaela Simili,
profesora de historia del pensamiento científico en la universidad de Bolonia, el
profesor Sergio Rostagno, de la Facultad Valdese di Teología, coautor del Documento sobre
la bioética presentado en el sínodo valdese en 1995, con un artículo titulado «Laici,
punto e basta», los profesores Bruno Forte, de Teología dogmática en la Facultad
pontificia de teología de Nápoles, y el profesor «libertario» -como le llamó Armando
Mazzarenti-, Giulio Giorello, profesor de Filosofía de la ciencia en la Universidad de
Milán, cuyos trabajos con Geymonat le han permitido encontrar la coherencia bioética con
la teología, Carlo Augusto Viano y Emilio D'Orazio director del Centro Politeia de Milán.[1]
Al calor del debate, el siguiente
domingo, 30 de junio, se introduce un nuevo motivo de discusión. Esta vez, favorecido por
el documento que el Comité Nacional de Bioética[2] iba a hacer público
y que venía elaborándose desde febrero de 1995: Se trata del documento titulado
«Identidad y estatuto del embrión humano».[3] Un documento firmado
el 22 de junio de 1996 y que sería presentado el 12 de julio de 1996 en Roma.[4] Evandro Agazzi, que había
participado en dicho comité (con su «continua presencia y sensibilidad» para acercar
posiciones)[5] hace una presentación preliminar
del documento para los lectores de Il Sole 24 Ore
incorporándose al debate sobre el Manifiesto.
En este domingo, Carlo Alberto Defanti, presidente de la asociación por la investigación
laica en bioética, «La Consulta di Bioetica»[6] publica un artículo
a favor del Manifiesto «Ragionare fuori
dall'ipotesi di Dio»; en la misma dirección que el grupo del Departamento de Ética del
Instituto Científico del Hospital de San Rafael de Milán compuesto por Paolo Cattorini,
Roberto Mordacci y Massimo Reichlin.
De la misma forma, el domingo
siguiente, siete de julio, el debate haría un nuevo giro para tratar de lleno el problema
de la investigación científica y su licitud moral: una reflexión favorecida por la
coincidencia de que en Spoleto, la Fundación Sigma-Tau
había preparado para aquel mismo día un debate sobre el tema: «Il patto col diavolo.
C'è qualcosa, di faustiano nella ricerca scientifica?».[7] En este debate participarían nada
menos que Steven Rose y Hilary Rose, directora de la Sociedad Británica para la
Responsabilidad Social de la Ciencia (BSSSR). Para la ocasión se publicaron artículos de
Massarenti, reivindicando a través de Feyerabend la necesidad del control democrático
sobre la ciencia, «Contro la tirannia della scienza»; Umberto Bottazzini, inspirado esta
vez por el profesor honorario del Colegio de Francia, Gilles Gaston Granger; y Lopert
Wolpert, Presidente del COPUS, (comité para la comprensión pública de la Ciencia), del
University College de Londres, quien reivindicaba el hecho de que la ciencia no tiene
compromisos morales. No es la ciencia sino el uso de sus resultados lo que exige la
reflexión moral.
El 14 de julio la discusión vuelve
a retomar el tema que Evandro Agazzi había bautizado como el del «estatuto ontológico
del embrión». Esta vez, la discusión venía provocada directamente, tanto por la
lectura, el día 12 de julio de 1996, del documento «Identidad y estatuto del embrión
humano» presentado por el Comité Nacional para la Bioética, como por el debate en torno
al Manifiesto que había tenido lugar el día
11 de julio en la Facultad de Ciencias políticas de Milán organizado por el Centro Politeia.[8] En él había
intervenido precisamente el presidente del Comité Nacional de Bioética Francesco
D'Agostino (que presentaría al día siguiente en Roma el texto definitivo sobre «el
estatuto del embrión»).
Ante la ambigua declaración del
Comité Nacional de Bioética que considera, para todos los efectos, que el embrión puede
ser considerado ya persona -aunque no lo afirme explícitamente-, Armando Massarenti
responde en «editorial» en Il Sole 24 Ore el
mismo día 12 de julio que «no es posible sobre la base del conocimiento biológico
disponible, decir que el embrión es un individuo humano, o una persona.».[9] En esta misma línea se presenta el
editorial de Il Sole 24 Ore del día 14 firmado
por los mismos autores del Manifiesto por la
Bioética laica. Los artículos de Guido Alpa, Profesor de instituciones de derecho
privado en la Universidad La Sapienza de Roma aboga por que los juristas se atengan
fundamentalmente a los principios establecidos en el Manifiesto frente a las conclusiones del CNB.
Paolo Parrini, Profesor de filosofía teórica de la Universidad de Florencia y presidente
de la sociedad italiana de filosofía analítica sale a favor del artículo de Massarenti
y rechaza las conclusiones del CNB (todo ello bajo un aparataje analítico verdaderamente
inservible y snob -todo hay que decirlo). En
este contexto, Francesco D'Agostino, presidente del Comité Nacional de Bioética,
advierte del nihilismo latente bajo los postulados laicos. «Complacerse de las propias
dudas significa banalizar el problema de la duda».[10]
Así llegamos al final del debate
«directo», el domingo 21 de julio de 1996. Un debate debate que se cierra con un
artículo de los firmantes del Manifiesto «E'
vero, non tolleriamo l'intolleranza» y con una «Controreplica» de Evandro Agazzi. Ambos
artículos coinciden en los puntos principales.
Sin embargo, como veremos en nuestro
análisis, el debate fue retomado durante el mes de marzo de 1998, en donde, nuevamente,
algunos de los firmantes del anterior manifiesto, junto con nuevos autores, presentaron un
Manifiesto nuevo sobre la fecundación
artificial. El carácter «aplicado» de este nuevo debate es lo que nos ha persuadido de
situarlo en la tercera parte de nuestro artículo.
3. BREVE PRESENTACIÓN DEL CONTENIDO
DEL MANIFIESTO DE LA BIOÉTICA LAICA
El texto del Manifiesto,
[11] que comienza con una presentación,
parte del principio de que «laico» se utiliza como opuesto a «dogmático» «y no
necesariamente antirreligioso». «La bioética es laica porque presupone la idea de un
pluralismo de valores [...] de grupos e individuos, sean o no sean creyentes».
El Manifiesto como tal parte de la constatación del
desarrollo tecnológico y científico en el campo de la biología y de la medicina,
considerándolo inclusive como «la segunda revolución científica» y responde a quienes
le pueden acusar de positivismo que su propuesta se da en el ámbito de los principios:
«Los principios laicos se basan en
el respeto de la naturaleza de la ciencia como progreso». Estos principios son los
siguientes:
El primero: El progreso del
conocimiento se entiende como «amor a la verdad». Los laicos no aceptan ninguna
intromisión «externa» sobre lo que se debe o no se debe investigar.
Segundo: Para los laicos, el hombre
es parte de la naturaleza, no se opone a ella.
Tercero: Para los laicos, el
progreso del conocimiento es la fuente principal del progreso de la humanidad, porque con
ello se disminuye el sufrimiento humano.
Con estos tres principios se
establecen los siguientes postulados prácticos:
Partiendo del carácter cambiante de
la sociedad y de las normas morales, los firmantes del manifiesto proponen:
1. El principio de la Autonomía moral: Todo hombre es igualmente digno,
y ninguna autoridad sobre él puede decidir su salud y su vida. Para garantizar esta
autonomía es necesario el derecho a la información.
2. El segundo principio es
garantizar el respeto de las convicciones religiosas de los individuos particulares. La
dimensión religiosa puede contribuir a la formación de una conciencia ética difusa,
pero la fe no puede prescribir soluciones precisa a
los problemas de bioética.
3. Garantizar a todos los individuos
una calidad de vida contra el principio de la
mera duración que es el criterio dominante de la terapia médica.: «Los individuos
tienen derecho a vivir y morir con un mínimo de sufrimiento posible».
4. Garantizar a todos los individuos un acceso a la medicina con
el nivel más alto posible en relación a la
sociedad en la que vive [sic].
Seguidamente se contrastan los
principios con la perspectiva del derecho:
La visión laica distingue la Moral
y el Derecho. Los principios morales se fundan sobre la adhesión voluntaria de los
individuos («acuerdo consciente»), mientras que la norma jurídica se basa en la
vinculación del individuo con sanciones impuestas externamente.
En ausencia de consenso moral, en
necesaria una norma jurídica que evite los conflictos entre diversos valores.
Así, en biomedicina el peso de los
valores morales ha de ser mayor para dejar la más amplia esfera a las decisiones
autónomas compatibles con los intereses generales de la colectividad a los médicos y a
los investigadores. Aunque esta libertad de investigación debe conjugarse con un siempre
fuerte sentimiento de responsabilidad de los investigadores y de los médicos en
confrontación con la sociedad.
En definitiva: la libertad de
investigación, la autonomía de la persona, la igualdad, son para los laicos valores
irrenunciables. Y son valores suficientemente fuertes para constituir la base de las
reglas de comportamiento justas y eficaces en cualquier sociedad.
4. PARA UNA CONTEXTUALIZACIÓN DE LA
POLÉMICA
Vittorio Bertolini -responsable de
la página web de internet en la que aparecen todos los documentos del Manifiesto- dice que «la publicación del
manifesto no está ligada a ningún hecho contingente o declaración de la Iglesia
Católica; sino que está relacionada con el hecho de afirmar en el campo bioético la
necesidad del pluralismo frente a la posición de la Iglesia que tiende a afirmar (y a
imponer) sus propias concepciones morales, sin tener en cuenta que en bioética no están
en discusión las concepciones morales de los individuos, sino cuáles son las normas que
pueden satisfacer exactamente las concepciones morales de «todos» los individuos.» Esto
decía Vittorio Bertolini[12]. De aquí hemos de
deducir que Bertolini se sitúa en la línea de los defensores del Manifiesto por la bioética laica contra la
posición de la Iglesia Católica. Pero, también, que el manifiesto es iniciativa misma
de Il Sole 24 Ore. Sin embargo, es inevitable
tener en cuenta determinadas circunstancias relacionadas con la elaboración del Manifiesto que aunque no lo causaron, si
determinaron su presentación. Desde luego, y principalmente, la presencia prominente de
la Iglesia católica en Italia ha de jugar de algún modo un especial papel.
La preocupación de la Iglesia
Católica por la Bioética ha sido constante a lo largo de los años, y cuenta con un
número importante de instituciones dedicadas a ello. Desde la Universidad Católica del
«Sagrado Corazón» de Roma, donde existe el Centro de Bioética (desde 1986), y el
Instituto de Bioética (desde 1992). Esta Universidad desarrolla, además, un Doctorado de
Investigación en Bioética (Desde 1990) de cuatro años de duración, junto con becas
anuales, etc. Esta misma Universidad otorga un Diploma Universitario en Bioética. Por
otra parte, la revista Internacional bimestral de Bioética, Deontología y Moral Médica Medicina e Morale, es también publicación oficial
del Centro y del Instituto de Bioética. Esta revista lleva publicándose desde 1951 a
iniciativa del Grupo de Médicos Católicos de Turín para reflexionar sobre temas
médico-morales. Su primer director era el Rector de la Universidad Católica del
«Sagrado Corazón» Agostino Genelli y en ella colabora Monseñor Sgrecia desde 1974 como
co-director[13]. Todo ello, además de la
importante Asociación de Médicos Católicos de Italia. La Iglesia Católica cuenta
también con la Academia Pontificia para la Vida, institución fundada por el Papa Juan
Pablo II el 11 de Febrero de 1994 y cuyo vicepresidente es, precisamente, Monseñor Elio
Sgreccia. Esta institución tiene por objetivo «estudiar, informar y formar sobre los
principales problemas de la biomedicina y del derecho, relativos a la defensa de la
vida».[14]
En cuanto a las declaraciones
-aparte de Instrucciones menores, órdenes, etc.-, podemos referir, entre otras, la
«Declaración sobre el aborto asistido» hecha por la Sagrada Congregación de la
Doctrina de la Fe el 18 de noviembre de 1974 y la que esta misma Congregación realizaría
años después: la «Declaración sobre la Eutanasia» el 5 de mayo de 1980.
Es necesario considerar también la
llamada Donum Vitae, o «Instrucción sobre el
respecto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación» propugnada por la
Iglesia el 22 de Febrero de 1987. Asimismo es importante citar el documento elaborado por
el Centro de Bioética de la Universidad Católica del «Sagrado Corazón» y publicado el
22 de junio de 1989 con el título «Identidad y estatuto del embrión humano» elaborado
por el Comité directivo del Centro de Bioética. Este mismo comité había elaborado ya
un documento semejante publicado en la revista oficial del Centro Medicina e Morale en el número 6 de 1987.
No podemos olvidar la propia
Encíclica del Papa Veritatis splendor de 6 de
agosto de 1993, así como la Encíclica Evangelium
vitae del 25 de marzo de 1995 en la que el Papa defendía «el valor e inviolabilidad
de la vida humana», etc.
Pero centrándonos en el año en el
que se presenta el Manifiesto por la Bioética Laica
-1996- tenemos la noticia de que el 17 de Febrero el Papa recibió a los participantes en
el Congreso Internacional sobre «las raíces de la Bioética» promovido por el Instituto
de Bioética de la Universidad Católica del «Sagrado Corazón» de Roma. Un Congreso que
tuvo lugar entre el 15 y el 17 de febrero. En este sentido, es necesario señalar las
ideas que el papa proponía entonces y que van a contrastar de manera estricta con la
declaración del Manifiesto Laico: Para el Papa,
«la bioética tiene la tarea de indicar al mundo de la medicina, de la política, de la
economía y a la sociedad en su conjunto, la orientación moral que hay que imprimir en la
actividad humana y en el proyecto del futuro».[15] Para el Papa,
«aflora con gran insistencia la exigencia de guías seguras y de maestros de confianza.
Parece, por tanto, urgente que la bioética reflexione sobre las raíces ontológicas y
antropológicas de las normas que deben orientar decisiones de tanta importancia». Y
sigue diciendo: «La bioética constituye el terreno privilegiado para un sincero y
profundo diálogo entre la Iglesia y la ciencia. Es en la verdad del hombre y en su
ontológica dignidad [...] donde se pueden encontrar respuestas adecuadas a la exigencia
ética que emerge de la genética, de los procesos de procreación»[16]. Evidentemente, el Papa dirige sus
declaraciones hacia el objetivo que más le preocupa en torno a esta cuestión,
precisamente, el trabajo que desde febrero de 1995 está llevando a cabo el Comité
Nacional de Bioética y en el que participan importantes representantes de las
instituciones de Bioética propiamente católicas sobre la cuestión de la procreación,
del «estatuto del embrión», etc.
Finalmente, el Papa se dirige contra
los defensores del «relativismo moral» (acusación de la que se defenderán los
firmantes del Manifiesto laico) así como contra
los defensores del utilitarismo (que también podrá atribuirse a los firmantes del Manifiesto).
Desde luego, las declaraciones del
papa sobre «la antropología inspirada por la fe», el recordatorio de sus dos
encíclicas, anteriormente aludidas, la responsabilidad de «los teólogos de ilustrar y
motivar la relación que existe entre libertad y verdad para una correcta visión ética»
son suficientes motivos para justificar un Manifiesto
por la Bioética Laica tal como lo dibujaron sus firmantes, contra todo «dogmatismo»
y contra todo dirigismo moral por parte de la Iglesia, tal como nos lo confirma también
Vittorio Bertolini.
La lucha de la Iglesia en el frente
de la Bioética por la defensa y el mantenimiento de sus propios criterios (bien definidos
por el Papa) queda de manifiesto en el mismo resultado del documento presentado por el
Comité Nacional de la Bioética el día 12 de Julio del año 1996. De hecho, aunque se
dice que este documento fue aceptado por unanimidad, el mismo documento deja un apartado
para un grupo de disidentes de sus posiciones, un grupo representado por la corriente
oficial de la Iglesia y encabezado por el propio Monseñor Sgrecia. Nos referimos a la
«Dichiarazione suppletiva di alcuni membri del CNB»[17] firmada, en efecto, por importantes
representantes de la corriente católica como, además del antedicho, Angelo Fiori,
profesor ordinario de medicina legal aunque director responsable de la Revista
Internacional Bimestral de Bioética Medicina e
Morale que pertenece al Centro de Bioética de la UCSC de Roma (este profesor es
además Vice-presidente del CNB); Aldo Isidori, el profesor ordinario de Andrología en la
Universidad La Sapienza de Roma, del que hablaremos después, etc. Pero, esta
«Dichiarazione suppletiva» no será suficiente, así que al mismo tiempo publicarán
esta misma declaración firmada por los mismos miembros pero titulada expresamente: «Per
noi l'embrione è già un uomo».[18] No sabemos si por
descuido, o deliberadamente, en esta nueva edición de su declaración especial, eliminan
un cuarto punto sobre lo ilícito de ciertas actuaciones médicas, en concreto: «4.
ilícita la formación in vitro de embriones,
especialmente si no hay seguridad en ello de su trasplante en el aparato reproductivo de
la mujer».[19] Es preciso señalar al respecto
que, semejante declaración sobre la concepción del embrión como persona [«La
individualidad del embrión humano coincide en la realidad objetiva (ontológica) con la
persona humana.»] coincide exactamente con la Declaración antes citada que el Centro de
Bioética de la Universidad Católica del Sagrado Corazón había hecho pública en 1989
sobre «Identità e statuto dell'embrione umano».
Que es en este contexto, entonces,
en el que hay que situar precisamente el Manifiesto
de la Bioética laica porque este manifiesto es, en efecto, una respuesta alternativa
a las propuestas de la Iglesia, lo demuestra de manera irrevocable el desarrollo del
debate en torno al documento del CNB sobre el estatuto del embrión:
La actividad del Comité Nacional de
Bioética comienza en 1990, año de su fundación. Una fundación cuya finalidad es,
precisamente, «formular indicaciones para posibles actos legislativos». Este comité ha
elaborado desde su inauguración hasta abril de 1997, al menos 31 documentos en los que
prácticamente se abarcan todas las cuestiones consideradas propias de la Bioética. Pero,
como hemos visto en el anterior párrafo, la Iglesia cuenta con una delegación bien
nutrida de importantes representantes de sus intereses en el seno de este comité: Entre
ellos se encuentran por ejemplo los citados, Angelo Fiori, el propio Evandro Agazzi, Aldo
Isidori, o Elio Sgreccia. De hecho, el 11 de junio de 1997, el primero de los firmantes
del Manifiesto por la Bioética Laica, Carlo
Flamigni denunciaba en la revista Tempo Medico,
esta situación con un artículo titulado: «Un Comité de obispos decide por todos». Y,
haciendo referencia al documento sobre el estatuto del embrión, decía: «se habla de
reconocer personalidad jurídica a una colonia de células».[20] Pero lo más interesante es que
precisamente el presidente del CNB, Francesco D'Agostino, le replicara en la misma revista
arguyendo que entre católicos y laicos no tiene por qué haber contraposición,
precisamente en el sentido de la contraposición entre «dogmáticos» y liberales,
tolerantes y demócratas, tal y como habían concluido los firmantes del Manifiesto el 21 de julio del 96 en acuerdo con
Evandro Agazzi. La actitud de Flamigni podrá ser considerada por D'Agostino como una
actitud no laica, «porque un laico no desea razonar con prejuicios [...] como si no
pudieran existir verdaderos laicos que pensaran de manera diferente a la de Flamigni».
Flamigni, de hecho, estaba teniendo
en cuenta también el texto de la declaración de la Asamblea Plenaria de la Academia
Pontificia por la Vida reunida desde el 14 hasta el 16 de febrero de 1997 y en cuyo
comunicado conclusivo se reitera «la naturaleza personal del embrión humano» y el
«deber de respetar el embrión humano como persona humana derivada de la argumentación
racional y no exclusivamente de una posición de fe».[21]
El mismo tono de polémica
encontramos poco tiempo después entre Armando Massarenti, otro de los firmantes del Manifiesto de la bioética laica y Francesco
D'Agostino. Massarenti aprovecha la reseña del libro del padre Norman M. Ford, Cuándo comienzo yo? (Baldini y Vastoldi, Milán
1997) [sacerdote católico de la congregación salesiana que defiende «la tesis según la
cual el embrión no es seguramente una persona»] para arremeter con el lema que el
presidente de la CNB popularizó según el cual «el embrión es uno de nosotros».[22] D'Agostino respondió el 7 de
diciembre en el mismo periódico reivindicando el principio de «laicidad» del cual no
sólo Masarenti o Il Sole 24 Ore tienen la
patente. «La laicidad, de hecho, precisamente en cuanto opuesta a la intolerancia y al
dogmatismo, debe procurar con el máximo escrúpulo no sólo el respeto hacia todas las
personas y hacia sus visiones éticas, sino también la sobriedad del lenguaje y la
corrección de las informaciones».[23]
La Iglesia confirma sus posiciones a
través del Monseñor Elio Sgreccia, quien, entrevistado por la revista Zenit el 13 de enero de 1998, afirma que «La tesis
de la humanización progresiva, según la cual, el embrión sería, sí un ser humano
desde la concepción, pero no llegaría a ser persona hasta una fase sucesiva, no es
sostenible desde el punto de vista de la antropología filosófica. Esta posición
contrapone el concepto de vida humana al de persona, donde el hombre tendría, sí, una
dimensión biológica pero, esta no sería constitutiva de la persona». Para Monseñor,
«la ciencia no puede demostrar que el embrión es una persona, como tampoco puede
demostrar lo contrario.[24] A los tres días, la
Academia Pontificia para la Vida presentó el documento sobre «la identidad y estatuto
del embrión humano» en el Congreso internacional que tuvo lugar en el Instituto Superior
de la Salud italiano del 15 al 16 de Enero de 1998. El mismo 23 de mayo de 1998 la revista
Note di Bioetica publicaba un extracto de las
declaraciones del Papa en contra del aborto.
Es evidente el clima de debate que
subyace al Manifiesto. El Manifiesto es un documento cuya razón de ser viene
determinada precisamente por la constante y perseverante actividad política de la Iglesia
católica. En todo caso, a la luz de los últimos debates se hace patente cómo el
argumento por el calificativo «laico» no es precisamente una buena estrategia de
discusión con la Iglesia.
5. DESARROLLO TEMÁTICO DEL DEBATE
El debate sobre el Manifiesto de la bioética laica ha girado en torno
a tres temas principalmente: La cuestión del Laicismo por contraposición a la Iglesia y
la Religión; la cuestión de la concepción de la ciencia y su posible autonomía; y la
cuestión de la aplicación práctica de los principios del Manifiesto ante problemas concretos. De estos caben
destacar dos: El problema del «estatuto ontológico» del embrión y el problema de la
Fecundación artificial.
a. Laicidad
Una de las claves del debate en
torno al Manifiesto de la Bioética laica
corresponde al significado que se atribuye a este adjetivo «laico». Los firmantes del
documento afirman que por bioética laica «se entiende no dogmática, pero no
necesariamente antireligiosa». La laicidad de la bioética viene determinada por la
presuposición de un pluralismo de valores igualmente legítimos, por la diversidad de
grupos e individuos creyentes o no creyentes. Los católicos, divididos como los laicos en
torno a los problemas de la bioética, en Italia, justifican para los firmantes del
manifiesto la necesidad de contribuir a avecinar dos mundos, el laico y el católico.
«Buscar un terreno común para conducir constructivamente una discusión pública que
está presente a diario.» Como podemos comprobar a continuación, en este terreno el
consenso se alcanza facilmente (en nuestro último apartado ofrecemos un análisis
filosófico del adjetivo «laico» que puede ayudarnos a aclarar este llamativo consenso.
Los católicos Angelo Fiori, Adriano
Pessina, Elio Sgreccia, Antonio Spagnolo, del Comité de dirección del Centro de Biética
de la Universidad Católica de Roma replicaron el 16 de junio con un «Laicos, tolerad la
autoridad» que atribuye a los firmantes del manifiesto el haber contrapuesto una
bioética laica abierta, clara, positivista, a una bioética religiosa, obscurantista,
antiliberal. Para los firmantes, existen, en efecto diversas bioéticas, y contraponer
«una bioética laica a una bioética religiosa es el fruto de un esquematismo
ideológico». En efecto, también para ellos los creyentes pueden ser laicos. Ese mismo
día, el liberal Valerio Zanone sugiere la imposibilidad de conciliar precisamente la
bioética laica y la bioética religiosa de la encíclica Evangelium vitae. De hecho, este contraste no debe
derivar en conflicto, porque el «adversario más temible de toda ética laica es en
realidad el fundamentalismo en todas sus acepciones. En la oposición a todo
fundamentalismo la bioética laica y la bioética fundada en la fe pueden encontrar una
posición común.» Y Mario Cattaneo considera, desde una posición católica, que no
puede haber contraposición entre la ética laica y la ética religiosa, puesto que la
moral es sólo una. Sin embargo, para Vittorio Possenti, la bioética laica no se
contrapone tanto a una bioética religiosa, cuanto a otras posiciones filosóficas,
gnoseológicas o antropológicas.
El día 23 de junio, Agazzi
introduce ciertas precisiones de lenguaje: habría dos acepciones para el adjetivo laico:
por un lado la concepción que lo contrapone a católico (que es propiamente italiana);
pero también hay otro significado no beligerante «sinónimo de racional, crítico, libre
de prejuicios dogmáticos, abierto al pluralismo, incluyendo el respeto por las creencias
religiosas). Este significado es el que habría que reivindicar. Aunque el manifiesto no
lo pretende, puede dar lugar a suponer que su intención es precisamente la que define el
primer significado de laicidad (entre otras cosas porque es evidente dice, que «mientras
la cultura filosófica contemporánea ha ignorado casi totalmente la ética, la teología
moral la ha convertido en un punto de apoyo de la formación religiosa, y el campo de la
moral ha sido objeto de constante atención por parte del magisterio católico). Así,
para evitar que por el hecho de que la Iglesia se ha dedicado a estas cuestiones
tradicionalmente, se considere que dicho Manifiesto
reivindica el primer significado de «laico», sugiere que estos firmantes cambien el
título por el de Manifiesto por la Bioética
pluralista, porque el concepto de pluralismo permite trasmitir de modo más neutro lo
que se entiende por laico. Lo dice él que es laico y católico. Bruno Forte y Giulio
Giorello, un teólogo y un filósofo laico de la ciencia encuentran en el manifiesto
cierta intolerancia ciencista que no casa bien con la laicidad manifiesta. Para Carlo
Alverto Defanti, en su artículo del 30 de junio «Razonar fuera de la hipótesis de
Dios», la cultura laica es «una cultura que razona fuera de la hipótesis de Dios,
aceptando los límites de la existencia y del conocimiento» y basada en dos «valores
éticos» sustanciales: la tolerancia y la dignidad. En todo caso, su concepción
«naturalmente no supone (ni hubiera podido) negar la existencia de Dios». Por otra
parte, Paolo Cattorini, Roberto Mordacci y Massimo Reichlin afirman además que la
identificación «entre «laico» y «no creyente» es falsa». Para ellos, «el sentido
genuino de la laicidad no implica la refutación de toda fe» sino la no adhesión a
principios dogmáticos. El diálogo en la Bioética no debe ser ni siquiera principalmente
entre creyentes y no creyentes sino entre personas con convicciones diferentes y
empeñandas en la búsqueda de la verdad sin prejuicios. Algunos como Francesco D'Agostino
piden ya en el domingo 21 de julio, «que se renuncie al adjetivo laico al hablar de
Bioética» porque confunde el debate bioético al hacer suponer una confrontación con lo
religioso que no es real. La religión muestra un camino para la resolución de las dudas,
que reconocidas como tales en la posición autonomista del Manifiesto llevan inevitablemente al nihilismo.
Sin embargo, los firmantes del Manifiesto,
respondiendo en su último artículo del 21 de julio a todo el debate, contestan a
D'Agostino que no van a renunciar al adjetivo «laico» porque este representa los
principios propuestos en su Manifiesto. Se
atienen para ello a los significados atribuidos por Agazzi y vuelven a recordar su
concepción antidogmática. Una laicidad que se ha manifestado históricamente en la
separación entre la Iglesia y el estado pero que no se reduce a ella, pues hoy viene a
legitimar precisamente la «autonomía del individuo». Pero en todo caso, tampoco olvidan
que su significado en Italia incluye el que le diera Aggazi en primer lugar, como
anticatólico, no porque ellos lo compartan sino por el hecho de que muchos han contestado
como si lo hubieran defendido. Ellos no pretendían darle este significado negativo.
b. La visión de la ciencia
El texto del Manifiesto es en este asunto perfectamente
explícito: la ciencia se rige por el criterio de la búsqueda de la verdad, y ello, por
sí mismo, constituye un valor para la concepción laica de la ciencia. Obviamente,
Monseñor Sgrecia, Angelo Fiori, Adriano Pessina y Antonio Spagnolo contestaron
acusándoles de positivismo ingenuo, que es lo menos que se puede decir de semejantes
postulados. Ahora bien, el principio de autonomía explica la necesidad de dejar a los
científicos a su libre albedrío, atribuyéndoles mínimamente una responsabilidad. Una responsabilidad que se ciñe a
la actitud personal del científico. La visión de la ciencia como algo ontológicamente
neutral en su desenvolvimiento, que parte de la separación entre contexto de
descubrimiento y contexto de justificación de Reichembach permite esta reconstrucción,
al margen del desarrollo de una idea metafísica de verdad. Los firmantes del Manifiesto «manifiestan» una ingenua creencia en
la bondad humana natural, y por tanto, una confiada esperanza en que el bien, por sí
mismo, triunfará sobre el mal. Elio Sgreccia y compañía, en su artículo de 16 de junio
arremeten precisamente partiendo de una concepción pesimista del hombre que obliga a
considerar que no toda investigación es lícita: «Es evidente que no es evidente que
todo conocimiento pueda ser perseguido sin límites y que no todo conocimiento es
legítimo, aunque esta legitimidad «la da la verdad que dice cual es el lugar que el
hombre ocupa en el universo.» Vittorio Possenti considera esta concepción, como una pura
simplicidad. Carlo Augusto Viano, en «Per favore, lasciate stare Galileo» del 23 de
junio, considera que la visión positivista de la ciencia supone la búsqueda de los fines
que propone el manifiesto, «evitar el sufrimiento humano» y que en ese sentido, acepta
esta visión de la ciencia para los que no creen en Dios. Sin embargo, el teólogo Bruno
Forte y el filósofo de la ciencia Giulio Giorello, atribuyen al Manifiesto una ideología ciencista que trata
demasiado simplemente las relaciones entre la ética y la ciencia: «no todo lo que es
posible para la ciencia, por ello es lícito (axioma base que justifica cualquier forma de
totalitarismo)»[25]. Sin embargo, Raffaella Simili,
considera que la ciencia misma internamente genera principios éticos pragmáticos que son
los que la sociedad actual necesita: «por ejemplo en la creciente conciencia que todos
los científicos han adquirido acerca de la responsabilidad en el uso del conocimiento
científico».[26]
La discusión sobre la ciencia
vuelve a aparecer como hemos dicho el día 7 de Julio en donde Lopert Wolpert como experto
extranjero sitúa la ciencia como un campo neutral que es bueno o malo según se aplique o
use (poniendo como ejemplo la eugenesia) y los demás, Umberto Bottazzini, y Armando
Massarenti que abogan por un control democrático de la ciencia. Ahora la cuestión está
en cómo se estima este control de la ciencia. Massarenti con ello, respondía a las
acusaciones anteriores. Finalmente, el artículo de Francesco D'Agostino, publicado el 14
de julio con el título «L'agire tecnico è da "risemantizzare"», se pronuncia
por la semantización de la técnica en la perspectiva de que la bioética debe asumir la
investigación de la verdad como horizonte de sentido partiendo de que la verdad existe
pero de que no hay fin, y esto es lo que justifica el pensamiento religioso. La religión
sirve para dar cuenta del ignorabimus!
atribuible a la ciencia por lo que no se opone a ella. Finalmente, en la respuesta (21 de
julio) de los firmantes del manifiesto las banalidades sobre este asunto permanecen. Se
manifiestan seguidores del falsacionismo de Popper para afirmar que no existe el monopolio
de la verdad, que los conocimientos humanos cambian continuamente y que los cambios no
significan necesariamente progreso. En fin, una serie de banalidades insufribles que
Evandro Agazzi resume en su «Controreplica» (21 de julio) diciendo que está de acuerdo
con los firmantes del manifiesto sobre el valor civilizatorio de la ciencia y de la
técnica cuando no se cae en cientismo y en la necesidad de orientar la práctica
científica ¿Se referirá a su aplicación?...
3. Aplicación práctica del Manifiesto a dos casos
concretos:
3.1. Estatuto del Embrión
Sobre esta cuestión ya hemos
señalado cuales son las posiciones genéricas básicas: la posición laica que se niega a
reconocer el carácter de persona al embrión, y con ello, abre al menos la posibilidad de
que autónomamente cada uno pueda decidir acerca del aborto, pero también sobre si cabe
la investigación científica y hasta qué límites. La posición del CNB presidido por
D'Agostino que toma una posición intermedia sin pronunciarse sobre si es o no es persona,
pero asumiendo que a todos los efectos sea tratado como si lo fuera: «El embrión es uno
de nosotros: esta frase [...] explica bien el principio bioético fundamental que emerge
de nuestro texto: e sentido del límite a nuestro posible operar tecnológico».[27] Y la posición de Elio Sgreccia y
15 firmantes más que en el mismo documento del CNB, afirman que «para nosotros el
embrión es ya un hombre», que en realidad dice: «2. La individualidad del embrión
humano coincide en la realidad objetiva (ontológica) con la persona humana».[28]
Estas posiciones se manifestaron en
el debate sobre el Manifiesto a partir del día
30 de Junio y constituyen el principal tema de discusión para los días 12 de julio, con
la crítica de Armando Massarenti «L'embrione ambiguo» donde afirma que «no es posible,
sobre la base del conocimiento biológico humano disponible, decir que el embrión es un
individuo humano, o una persona.» Guido ALpa que afirma los postulados de la bioética
laica contra los juristas y contra los médicos que pueden ejercer su derecho de objeción
a las decisiones libremente expresadas de sus pacientes, en «Quanti statuti ha
l'embrione?». Paolo Parrini, que no acepta la consideración del embrión como humano.
Finalmente, la crítica de los firmantes del Manifiesto
que acusan a Elio Sgreccia, en su documento disidente del CNB de recurrir a la biología
para justificar algo que científicamente es injustificable: que el embrión es persona.
Algo en lo que está de acuerdo el propio Agazzi en su «contrarréplica».
En todo caso, la actitud de Elio
Sgreccia, su recurso a la biología no es más que pura retórica pues, como él mismo ha
dicho este año a la pregunta de un periodista ¿Cual sería entonces el papel de la
ciencia biológica en este campo? -Ciertamente, responde Sgreccia, la ciencia no puede
demostrar que el embrión es una «persona», como tampoco puede demostrar lo contrario,
sencillamente es algo que no forma parte de su competencia [...] Si bien la presencia del
alma no puede ser demostrada empíricamente con datos, las conclusiones de la ciencia
sobre el embrión humano ofrecen informaciones valiosas para llegar racionalmente a la
existencia de una presencia personal desde el primer momento de la vida humana».[29]
3.2. Fecundación asistida
Como hemos señalado anteriormente, Il Sole 24 Ore propuso la aplicación práctica de
la Bioética Laica al tema de la fecundación asistida. Un nuevo Manifiesto fue presentado el 1 de Marzo de 1998 con
sus réplicas y contrarréplicas hasta el 5 de abril de 1998. Sin embargo, a parte de los
principios ya establecidos por el anterior Manifiesto,
lo que encontramos es una explícita declaracion de liberalismo económico con todos los
ingredientes necesarios. La autonomía supone que la fecundación sea considerada para
todo el que lo desee sin considerar que sólo es aplicable en caso de enfermedad porque
dice: «la lógica de la terapia médica sobrentiende un juicio moral negativo en la
fecundación asistida.» Libertad de elección, limitada contra la posibilidad de generar
discriminaciones entre individuos por razones biológicas.
Para conseguir esta posibilidad de
elección, lo mejor es dejar a las empresas privadas la gestión de los recursos, pues han
demostrado mayor eficacia, «siempre que todos los individuos puedan acceder a los mismos
medios de consumo...[sic]»
La cuestión no recibe ni el
interés ni el impacto del anterior Manifiesto.
Entre ellas, cabe destacar la respuesta de Liusella Battaglia «I diritti del bambino
oltre i principi astratti» que vagamente saca el problema poniéndolo en contraposición
con el tema de la adopción ampliando la cuestión a aspectos que nos parecen mucho más
interesantes para la reflexión, como veremos a continuación.
6. ANÁLISIS FILOSÓFICO
1. Laicismo
Brevemente, los firmantes del
manifiesto defienden una idea de laicidad enfrentada a cualquier tipo de autoridad en la
determinación de lo lícito e ilícito ante cuestiones bioéticas, que no dependa de la
propia autonomía «interna» del individuo. Esto es lo que significa que el manifiesto no
es «antirreligioso». Ahora bien, es precisamente la Iglesia Católica la que
constantemente ha estado elaborando documentos de los que se derivan preceptos morales,
como hemos visto. Esto es lo que explica que el Manifiesto
se haya considerado laico en el sentido de contraposición contra la Institución de la
Iglesia, y no contra la religión como tal. Gran parte del contenido del debate se refiere
a esta cuestión.
Pero es necesario señalar que el
significado principal de «laico» corresponde precisamente con esa oposición a la
Iglesia como institución histórica y no sólo a su predisposición para establecer
criterios normativos indiscutibles (dogmáticos). La lucha por la separación entre
Iglesia y Estado, definida muchas veces como la secularización del Estado, no significa
renunciar a otro tipo de principios dogmáticos no religiosos o eclesiásticos. Así
«Laico» para el Diccionario de Covarrubias es:
«El que no pertenece al estado eclesiástico». En el Diccionario de María Moliner leemos «Lego», no
eclesiástico: enseñanza en la que se prescinde de la instrucción religiosa (civil,
secular, seglar). «Laicismo», doctrina favorable a la ausencia de influencia religiosa
en el Estado, en cualquier institución. De hecho, en el diccionario de Casares aparece
asociado a «desamortizar».
Sin embargo, precisamente la actitud
contra la Iglesia, por ser incapaz de ofrecer verdaderos postulados éticos en el
presente, la encontramos dentro de su propio seno. Por ejemplo, en los mismos defensores
de la llamada «Teología de la Secularización». Para este grupo, la cruz de su
teología es precisamente «el hecho empírico de la iglesia institucional (tan diversa de
la ideal)». Precisamente Gómez Cafarena razona que «la emergencia de la teología de la
secularización se explica por la crisis de identidad del cristianismo de la civilización
burguesa, liberal, y pluralista, que se encuentra que, al intentar ser cristiano de modo
consciente y responsable no responde ya sino parcialmente a lo que espera de él la
institución representativa del cristianismo, la iglesia».[30]
Se trata entonces, de que son los
propios creyentes los que exigen una apertura de la Iglesia provocada por lo que Gómez
Cafarena llamaba precisamente el «moderno proceso de secularización»: «el proceso por
el que la humanidad e occidente en los dos últimos siglos ha ido tomando conciencia de su
autonomía cultural, emancipándose para ello de la excesiva dependencia antes vigente
respecto a la matriz religiosa cristiana». Un proceso que «ha hecho más imprescindible
el establecimiento de un diálogo abierto con todos los factores culturales humanos y de
una recepción sin prejuicios de cuanto representa el «punto de vista exterior». «Hoy
más que nunca -sigue Cafarena- es ése el único modo de escapar a un peligroso ghetto cultural que no favorecería nada la
autenticidad humana de la fe; y que, en realidad, delataría en ella ya de antemano una
alarmante falta de confianza en sí misma».[31]
Y, curiosamente, los defensores de
la teología de la secularización defienden lo siguiente: «La verdad de la teología de
la secularización es que no es misión del cristianismo, ni de ninguna religión, dictar
las pautas de la técnica política, sino que debe dejar a éstas en su autonomía
«secular».[32]
Esta teología de la secularización
según Cafarena «tiene siempre que volverse a una iglesia ideal, de la que sólo pueden
emanar imperativos éticos cuando quiere ir más allá de la simple iglesia real
empírica.»[33] De manera que «se tiene la
impresión de que todo lo propia y específicamente cristiano viene definido como fuerza
ética, un proyecto «utópico-ético» que sabe entrar en diálogo con las aproximaciones
científicas y prácticas sin por ello «cortocircuitarlas» desde una perspectiva más
sociológica que teológica».[34]
Más curioso es aún que encontremos
una respuesta desde el propio catolicismo, por parte de Grans Van den Oudenrijn que
critica a la teología de la secularización a través de una inspiración marcusiana en
los siguientes términos: «Por una parte, la teología de la secularización es la
superestructura ideológica de la sociedad tecnocrática actual, es decir, una tentativa
para permitir a los cristianos adaptarse con buena conciencia al mundo sin buscar
transformarlo en profundidad».[35]
En definitiva, esta teología
responde al mismo proceso de secularización que Thomas Luckmann explicó en su The invisible Religion: The Transformation of Symbols
in Industrial Society, Macmillan Co., New York 1967 (Traducido La religión invisible. El problema de la religión en
la sociedad moderna, ed. Sígueme, Salamanca 1973). Un proceso según el cual la
religión tiende precisamente a personalizarse en el ámbito de las decisiones
individuales: «El modelo oficial [de la religión] puede quedar convertido en retórica
sin significación real y los individuos pueden verse más y más inclinados a formarse por cuenta propia un cosmos sagrado o una
cosmovisión».[36]
De esta manera, los principios del laicismo tal como los defienden los firmantes del Manifiesto no se oponen a las manifestaciones por
la secularidad en el seno de la propia Iglesia, sino que son la expresión etic de los
mismos postulados que emic se ejercen desde
dentro de la Iglesia. El laicismo no excluye por tanto la experiencia individual de la
religión, y frente a otros posibles focos de emanación ideológica, la única forma de
elaboración del ejercicio moral es la individual,
la profunda convicción individual.
En qué medida esta actitud del Manifiesto, como del movimiento de secularización
no es la expresión de la doctrina del libre examen
es cosa que dejo a la consideración de los lectores. Pero es necesario introducir más
detalles en el debate: Primero, es curioso ver cómo el movimiento por la fe y la
secularidad español desarrolló desde su seno importantes representantes de lo que luego
se considerará una de las disciplinas filosóficas autónomas con más empuje: la ética.
Nótese que en este grupo figuran autores como Victoria Camps, José Antonio Gimbernat,
José Gómez Cafarena, Miguel Herrero de Miñón, Juan Martín Velasco, Justo Pérez del
Corral, Juan Luis Pintos, etc.[37]
Es evidente que si fuera así, si
detrás del Manifiesto por la bioética laica se
entreviera el modelo del libre examen la iglesia
habría reaccionado por razones declaradamente dirigidas a defender su propio status. En
este sentido conviene recordar que en 1995 la revista Protestantesimo (50, 1995; pp. 303-317) se publica
un documento titulado «Bioetica. Ricerca e orientamenti» en donde se viene a decir:
«preferimos insistir sobre la defensa de los derechos de todas las personas conscientes,
sin privilegio a priori para alguno.
Consideramos válido el principio de autodeterminación de la mujer», etc. En su
presentación advierten que «De la lectura del documento resultará evidente que no damos
repuesta clara y definitiva aunque si proponemos nuestro modo de afrontar los problemas
[bioéticos]».[38]
De hecho, existen otros discursos
críticos con el «conservadurismo doctrinal, autoritarismo organizativo y rigorismo
moralista» de la Iglesia católica, tal como la cualifica el teólogo y secretario
general de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII (El país, 29 de junio de 1998, p. 14). Esta misma
corriente de Teología demuestra que no toda oposición a la dogmática de la Iglesia
tiene que desembocar en los postulados del Manifiesto,
incluso, cabría decir que esta corriente considera anticristiana y por tanto susceptible
de ser criticada, la ética liberal de la autonomía tal como la defiende el Manifiesto. En su artículo «Etica del
cristianismo frene a ética del mercado», Juan José Tamayo opone una visión católica
entendía como «religión ético-profética»,
basada en «la ética solidario-liberadora de Jesús»
como movimiento contra «la ética neoliberal
insolidaria». Son motivo de escarnio para este teólogo los principios de la libertad
individual como valor absoluto, el individualismo, la libre iniciativa como despliegue de
la libertad individual y el cumplimiento del modelo neoliberal económico internacional.
Contra ello propone una Moral universal, para evitar caer en una democracia sin moral. En
definitiva, el liberalismo es anticristiano, acaso también anticatólico y reformista,
como ya lo definió Weber.
Y es que en la nueva edición del Manifiesto de Bioética Laica que apareció a
partir del domingo 1 de marzo de 1998 prolongando un nuevo debate hasta el 5 de abril, los
principios son un poco más explícitos, aunque el manifiesto se hace más pobre.
El nuevo Manifiesto viene firmado por dos de los que
aparecían en el anterior manifiesto, Armando
Massarenti, y Angelo Petroni, más dos nuevos, Cinzia Caporale, «bioeticista» de la
Universidad de Roma, y Stefano Rodotà, jurista y presidente de la autoridad para la
defensa de la privacidad. Con este nuevo manifiesto se empieza a entender por qué es un
periódico económico, Il Sole 24 Ore el que muestra más interés por el Manifiesto de la Bioética laica. Porque ahora se
hace explícita la defensa del liberalismo económico y de la democracia liberal, y se
reivindica la iniciativa privada como camino para la consecución de la igualdad: «La
evidencia empírica ha probado con suficiencia que la iniciativa privada, sometida a las
reglas del derecho, lleva al uso eficiente de los recursos, de modo que el consumo por
parte de cada uno deja la mayor cantidad a disposición de los otros. La iniciativa
privada está en disposición de maximizar el bienestar de cada uno, y por lo tanto,
también el de todos, sobre todo cuando exista un sistema de derechos reconocidos y cuando
todo individuo disponga de una suficiente cantidad de recursos económicos que le permitan
acceder al intercambio.»[39] Es necesario
recordar aquí que Angelo Fiori, director de la Revista Medicina e Morale declaró que la bioética laica
estaba instrumentalizada por intereses económicos.[40]
b. Libertad
Presentamos a continuación una
serie de ideas para guiar la crítica filosófica que cabe establecer a los postulados del
manifiesto de la Bioética laica. Unos apuntes que no pueden de ningún modo agotar el
tema, aunque sí orientarlo.
Tomemos como referente la Idea de
Libertad individual, dada en el horizonte personal en el que lo dibuja precisamente el Manifiesto. El manifiesto se define como «laico»
y ello inevitablemente hace referencia a un contexto religioso (en un sentido genérico,
aunque sabemos que es bastante específico y que se trata de la Iglesia Católica). Ahora
bien, desde la perspectiva laica se reconoce la posibilidad de ser laico y religioso. Esto
significa que cabe entender la libertad humana personal desde la perspectiva de un
horizonte religioso divino.
El Dios católico en cuanto sujeto
operatorio trascendental se proyecta entonces en el horizonte de decisiones de la libertad
personal, pero, puesto que este Dios es omnisciente y omnipresente, según reza la propia
representación de la Idea de Dios en un contexto religioso (principalmente católico), la
libertad personal se hace realmente imposible (salvo como «conciencia de la necesidad»,
etc.) Postular, como pretende la posición laica,
la libertad en el contexto religioso es una contradicción. Los laicos, al contraponer la
libertad individual como algo compatible con la fe, a pesar de la Iglesia, están
reduciendo de hecho la libertad al plano psicológico concreto de actuaciones arbitrarias
de los individuos, y no al plano de la configuración de la persona entendida como resultado del ejercicio de
una libertad que debe suponer, entre otras cosas, la coherencia
-al menos como fin último. La libertad queda entendida bajo la perspectiva laica, sin
embargo, como un conjunto de acciones concretas e inconexas, individuales y perfectamente
contradictorias, no como el ejercicio permanente de constitución de la persona como una
unidad coherente de sentido.
Los laicos, en el fondo, pueden
admitir esta posibilidad por lo mismo que lo admite la Iglesia: es decir, en virtud de la
solución ad hoc según la cual Dios ha creado
al hombre libre. Pero esta es una solución que vuelve a dejarnos a los laicos bajo la
techumbre ideológica de la Teología Católica tradicional.
c. Tolerancia y estatuto del embrión
La Iglesia y el movimiento Laico se
encuentran en una situación en la que ninguno de los dos puede manifestarse abiertamente
contra el otro, de modo que su forma de tolerarse corresponde a su propia impotencia. La
Iglesia pidió la tolerancia de la autoridad: «Laicos, tolerad la autoridad», y
posteriormente, los propios firmantes del manifiesto cerraron el debate con un artículo
titulado «E'vero, non tolleriamo l'intolleranza». La tolerancia que ejercen es la nueva
visión de la que habla el filósofo español Gustavo Bueno en su obra El sentido de la vida[41] publicada en 1996, que viene
referida no al contenido de la libertad, sino a su forma (buena por sí misma) y limitada
exteranmente por la expresión del artículo VI de la Declaración de los derechos del
hombre: «La libertad consiste en hacer todo aquello que no perjudique a los demás.» En
este sentido leemos por ejemplo en el segundo manifiesto:
«la autonomía individual debe venir ejercitada de modo y límites que permitan la
compatibilidad entre las acciones de todos los ciudadanos y el respecto de los derechos de
todos los ciudadanos [...]».
Precisamente es el ejercicio de este
criterio el que permite reconstruir la discusión intercalada en el Manifiesto sobre el
Estatuto Ontológico del embrión. Este tema se introduce quizás por razones externas,
pero atañe directamente al asunto central del manifiesto. Es decir: el manifiesto aboga
por la tolerancia laica individual. Ahora bien, en el caso del embrión, la discusión
sobre si es o no es persona se dibuja como fondo de lo que puede ser o no tolerable. Será
necesario suponer que no es persona para poder ejercer sobre él la libertad individual
autónoma que pide el Manifiesto laico. La
Iglesia, por contraposición, defiende precisamente que el embrión es persona, quedando
aquí cualquier forma de libertad limitada por daños a terceros, etc.
Desde luego, cualquier decisión
sobre el embrión es incompatible con la tolerancia o con el principio de la autonomía
moral. Si la tolerancia se impone sobre cualquier decisión acerca del embrión se
desemboca inevitablemente en a-moralidad (relativismo moral). Como dice Bueno: «No
podemos llamar tolerancia a la inhibición ante las acciones o incitaciones de otras
personas que pongan en peligro nuestra propia vida o la de los demás, así como tampoco
es «intolerancia» la represión violenta de tales acciones».[42] Como se observa, la autonomía que
pide la tolerancia en este caso se basa en un concepto formal metafísico: la libertad de
conciencia. Por ello mismo, porque esta situación es inconcebible, a-moral, sin
determinar precisamente el estatuto ontológico del embrión, no cabe hablar de
tolerancia.
De las dos virtudes que Bueno
considera constitutivas de la ética, la firmeza (impulso de un individuo por seguir
siendo según su forma personal, condición personal) y la generosidad (impulso de un
individuo a ayudar a otros individuos humanos a alcanzar o mantener su condición de
personas); y teniendo en cuenta que materialmente el embrión no es persona, aunque tiene
programados desde el inicio los rasgos morfológicos individuales del feto y aun del
adulto;[43] cabría decir que cuando se decide
practicar el aborto se entra en contradicción con la virtud ética de la generosidad:
¿en qué medida este juicio no estaría regido por motores etológicos, que actúan a
nivel individual? De hecho, el propio Evandro Agazzi no estaría muy lejos de esto cuando
afirmaba que el principio de autonomía debe componerse con el concepto de amor de la
ética cristiana (en 23 de junio, Il Sole 24 Ore).
Por otro lado, el recurso de la
Iglesia a atribuir al embrión el carácter de persona no responderá tanto a motivos
éticos (dado el contexto de la polémica y supuesto que no aceptamos la existencia del
alma previa al cuerpo, etc.) firmeza o generosidad, cuanto a motivos de carácter moral.
Si aceptamos con Bueno que el equivalente de la Firmeza a escala moral hay que ponerlo en
el grado de cohesión de todo grupo o pueblo (en función de su poder económico,
tecnológico, político) en el momento de resolverse a mantenerse como tal; así, la
Iglesia se acogería a este argumento apoyado por la biología en una suerte de
«teología preambular», para mantener la recurrencia de la propia Iglesia como
institución. Una institución que, como tal, está más allá del bien o del mal ético.
Monseñor Sgreccia, a pesar de las
críticas de los firmantes del manifiesto y del propio Agazzi que en esto coincidía con
los firmantes, recurría a la biología como forma de justificar realmente la doctrina
escolástica tradicional que enseña que la personalidad humana deriva de la misma
espiritualidad del alma racional que Dios crea en cada individuo humano. Una doctrina que,
con todo, arrastra, como dice Bueno, la evidencia certera de que es imposible construir la
personalidad a partir del desarrollo inmanente de la individualidad natural, biológica o
psicológica. Curiosamente, es este mismo argumento en el que se basan los firmantes del
manifiesto para fundar su falta de generosidad ética.
d. Mercado y fecundación artificial
El segundo Manifiesto por la bioética laica (publicado el 1
de marzo de 1998) planteaba de frente el problema de la fecundación artificial. El
manifiesto pedía, como ya hemos señalado, la posibilidad de que cualquier usuario pueda
acceder a este servicio sin límite salvo el de generar marginación biológica.
Éticamente, la elección remite al ejercicio de la generosidad, aunque el estado no
necesite desarrollar técnicas para sostener a la población -o a la humanidad. Ahora
bien, en un caso de este tipo, la investigación sobre la fecundación artificial sería
de extraordinaria importancia moral (lo mismo que ante el peligro de la virilidad que se
reclama ahora). En este caso sería un problema moral de la Humanidad. Ahora bien, de un
lado los discursos de quienes acusan a los firmantes del manifiesto de transformar un
«deseo» en un «derecho» puede mostrar hasta qué punto la decisión ética de la
fecundación asistida puede ser al tiempo una decisión inmoral. Pues, si nos puede
parecer horrendo desde el punto de vista ético el infanticidio entre los yanomami, aunque para los propios yanomami haya
sido una norma moral conveniente para su supervivencia como grupo (según las tesis de
Marvin Harris), del mismo modo puede parecernos moralmente horrendo (un despilfarro, una
frivolidad asentada en principios filosóficos idealistas) que haya padres o estados que
gasten millones de dólares en la fecundación asistida sabiendo que millones de personas
mueren de hambre, niños, etc. Eso sí, sólo si reconocemos que el mundo de esas personas
es el mismo que el mundo en el que vivimos nosotros. Algo que está por ver. Pues,
precisamente los firmantes de los dos manifiestos han tenido sendos deslices que pueden
resultar cuando menos repugnantes por su importunidad:
Nos referimos al cuarto principio
del primer manifiesto en donde dice:
«garantizar a todos los individuos un acceso a la medicina que sea el estandard más alto
posible, relativo a la sociedad en la cual vive y a los recursos disponibles.»
En el segundo Manifiesto: «La iniciativa privada puede maximizar
el bienestar de cada uno y el de todos, sobre todo cuando exista un sistema de derechos
reconocido y cuando todo individuo disponga de una suficiente cantidad de recursos
económicos que les permitan acceder al intercambio».
Desde luego, la visión economicista
de estos laicos es bastante estrecha, y moralmente repugnante, siempre que se suponga que
más allá de las fronteras de su vida particular, son capaces de discernir la realidad de
la vida.
CONCLUSIÓN
Es comprensible, después de todo lo
dicho, por qué el Manifiesto de la Bioética laica
viene fomentado por un periódico de claro enfoque económico italiano: porque sus
postulados corresponden con una orientación ideológica de claro carácter neoliberal y
políticamente reaccionario. La coartada que lo hace simpático es su aparente
enfrentamiento con la Iglesia. Sin embargo, por sus principios es acrítico, parte de una
concepción amoral de la ciencia, ignorando que todo científico neutral es hoy
necesariamente un mercenario al servicio de los
intereses de las empresas contratantes, aunque quizás, el clima neoliberal haga imposible
al científico anteponer sus propios criterios morales a la necesidad de sobrevivir como
científico en un mundo en el que la investigación fundamental, -la que va dirigida a la
preservación de la vida humana-, como otras muchas cosas, se ha privatizado y pertenece
ya a la esfera de los privilegios que unos más que otros podemos disfrutar por vivir en
el mundo en que vivimos.
El manifiesto neoliberal reivindica
una concepción económica al estilo de la «mano oculta» de Adam Smith. Una mano que
supuestamente reorganiza todo desequilibrio económico a través de las transacciones
ingenuas de los consumidores. Pero desoye las críticas que ya Hegel hizo contra esa
teoría pues era evidente que el equilibrio que Adam Smith atribuía a una suerte de
providencia natural correspondía a la explotación del colonialismo imperialista. Lo
mismo fue tematizado y definitivamente denunciado por Carlos Marx en su obra El Capital, una obra demasiado injustamente
olvidada -inútilmente olvidada.
Para soportar semejante derivación
de vaguedades y obviedades, el Manifiesto
confía a la buena fe y a la bondad implícita del hombre la posible consecución de esa
sociedad que ellos ya parecen ver en Italia. Una bondad que hará de la ciencia algo
permanentemente al servicio «de la humanidad» como se suele decir y una bondad al
servicio de la «igualación» de todos los hombres por la economía capitalista liberal.
Por ello, identifica la libertad, entendida como ya hemos dicho, como la expresión de
toda acción del individuo, sin tener en cuenta su conexión en el horizonte de la
constitución de la idea de persona, y la reduce al sujeto consumidor. La libertad que
reivindica el manifiesto es la libertad que cabe al «hombre consumidor», no la que cabe
al «hombre persona», salvo que reduzcamos la persona a: hombre capaz de comprar y
vender. Que es propiamente lo que el manifiesto deja ver -finis operis. Insisto, al margen de su intención -finis operantis.
La relativización real del acceso a
la medicina y los servicios que la ciencia hoy por hoy ofrece, en función de la sociedad
en la que se vive (como afirman los dos manifiestos) es el punto de cierre de su
argumentación irresponsable. Claro que esta relativización por estados, (o por mundos
-primero, segundo, tercero, etc.) no encaja muy bien con esa valoración de la ciencia
«para toda la humanidad». En fin, esta es una más entre las diversas contradicciones
del debate. Un debate que presenta un tema y unas alternativas verdaderamente
interesantes, pero que ha quedado a las puertas de los verdaderos problemas de la
bioética, si esta no se reduce (como creemos que no se debe reducir) a las decisiones
individuales y concretas por más importantes que estas sean en el contexto global de los
problemas que la ciencia hoy plantea a la humanidad.
*
Doctor
en Filosofía por la Universidad de Oviedo, España. Trabajo presentado en el Congreso
Panorama Actual de la Bioética en Gijón, 3 de Julio de 1998.
[1]
Centro para la investigación y la formación en política y ética, vía Cosimo del
Fante, 1320122 Milán. Asociación constituida en 1983 con el objetivo de promover la
reflexión sobre las relaciones entre la ética y elección pública, empleando los
instrumentos de al teoría de la decisión racional. La actividad de investigación,
desarrollada en el centro de Milán, toca diversos temas: desde la política a la ética
de los negocios, la bioética, del ambiente, de la sanidad, de la enseñanza, en
particular relevancia a los fines del desarrollo de una cultura pública orientada a los
criterios de eficacia, eficiencia y igualdad social. A través de su actividad, Polietia actúa como interlocutor crítico y sobre
todo técnico-científico para los sectores de la sociedad italiana que tienen la
exigencia de comprender y valorar la decisión colectiva a la luz de una coherente
perspectiva teórica.
[2]
«El Comité Nacional para la Bioética ha sido establecido por Decreto del Presidente del
Consejo de Ministros el 28 de marzo de 1990. La institución del CNB seguía la
resolución n. 6-00038, aprobada el 5 de julio de 1988 en la Asamblea de la Cámara de
Diputados al término de un debate «sobre los problemas de la vida» en el que el
gobierno estaba empezado a promover una confrontación, también a nivel internacional,
sobre el estado de la investigación biomédica y de la ingeniería genética
internacional en la perspectiva del respeto a la libertad y dignidad humana. A tal fin, se
predisponía el establecimiento de un comité que permitiera formular indicaciones para
posibles actos legislativos. La composición del Comité Nacional para la Bioética se
hace con estudiosos provenientes de diversas áreas en coherencia con la naturaleza
intrínsecamente pluridisciplinar de la bioética. Tal composición ha sufrido diversas
variaciones a lo largo de los años, siendo la actual establecida en la DCPM del 16 de
diciembre de 1994.» Véase comitato.htm en www.comune.bologna.it. Para la composición de
los miembros del comité: http://www.comune.bologna.it/perbole/asseine/membri.htm
[5]
Como dice Francesco D'Agostino, presidente del CNB en la presentación del documento (p.
1, ibidem).
[6]
«Fundada en 1989 por un grupo de estudiosos procedentes de diversas disciplinas, reunidos
en torno al compañero Renato Boeri» en Defanti, «Ragionare fuori dall'ipotesi di Dio»
p. 1 en http:// www.symbolic.parma.it/bertolin/b53.htm
[8]
En este debate participaron Carlo Augusto Viano, Eugenio Lecaldano, Paolo Cattorini,
Sergio Rostano, Adriano Pessina, Luigi Umbardi Vallauri, Demetrio Neri, Carlo Alberto
Defanti. (En, Op. cit., editorial del 7 de
julio, p. 1). [11] Para lo siguiente, véase http://www.symbolic.parma.it/bertolin/manifest.htm
[14]
Véase la entre vista de la revista Zenit a Monseñor Sgreccia el 13 de Enero de 1998 en
Roma, «Club de Castidad» p. 1, en http://www.iponet.es/rilke/bioetica.htm
[15]
En Noticias de la Santa Sede, 17 de Febrero de
1996; p. 1. En http://www.christusrex.org/www1/news/ss2-17-96.html |