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José
Alberto Mainetti*
La
medicalización de la vida y el poder médico
El uso
corriente del término medicalización denota la influencia de la medicina en
casi todos los aspectos de la vida cotidiana, y connota una apreciación crítica por los
efectos negativos, paradojales o indeseables, de tal fenómeno. En realidad, la medicina
siempre ha ejercido un poder normalizador o de control social -básicamente por los
conceptos de salud y enfermedad, normal y patológico- estableciendo un orden normativo
rival de la religión y el derecho, que ha venido incrementándose desde la modernidad con
la conquista de un auténtico estatuto científico, profesional y político.[i]
Pero otra historia comienza con el modelo sanitario dominante tras la Segunda Guerra
Mundial, cuando la medicalización deviene el equivalente de una cultura de la salud = bienestar, claramente visible en la
sociedad posmoderna.
La crisis
del estado benefactor en la década del 70 aparejó el tiempo de reflexión sobre los
límites de la medicina, incluso más allá de la economía: se cuestiona la supuesta
relación proporcional entre consumo y producción de salud, pero también el alcance de
los conceptos médicos como criterios de moralidad (en cuanto a la conducta responsable y
el estilo de vida, particularmente), del mismo modo que se denuncia la mala salud
iatrogénica o expropiación del cuerpo por la institución médica, la cual con su
función normativa y normalizadora dice qué cosa está bien y qué cosa está mal en
términos de salud y enfermedad, normal y patológico. De hecho, la medicalización del
lenguaje es la mejor expresión del poder que tiene el discurso médico.[ii]
La
medicalización de la vida se encuentra dramática, tragicómicamente representada en Knock
o el triunfo de la medicina, la pieza teatral de Jules Romains.[iii]
Se trata de una auténtica profecía en un testimonio literario de 1923, cuyo argumento es
un caso paradójico y extremo de fanatismo profesional, que en una rústica comarca del
sur francés logra un éxito completo. Knock, estudiante crónico recientemente graduado,
viene a suceder al veterano doctor Parpalaid en el cantón Saint Maurice, donde en pocos
meses transforma la magra clientela tradicional de atrasados y avaros campesinos,
renuentes a la atención de la salud, en una población consumidora de servicios médicos,
con un gran sanatorio-hotel como principal atractivo y actividad económica de la región.
La lectura
y comentario del texto es un grato ejercicio de comprensión del triunfo de la medicina o
de la cultura de la salud en el mundo real que nos toca vivir. A título de ejemplo, vale
entonces recordar algunas de las ideas centrales de Knock, comenzando por aquélla que
había sostenido como tesis de doctorado en medicina:
Sí, treinta dos páginas en octavo: Sobre
los pretendidos estados de salud, con este epígrafe que atribuyo a Claude Bernard:
La gente sana son enfermos que se ignoran (p. 31).
No por azar la
tesis de Knock se atribuye a Claude Bernard, el primero en dar por tierra con la
concepción ontológica de la enfermedad, mediante una definición fisiológica y
cuantitativa de la salud.[iv]
La vocación
médica es en el fondo voluntad de poder, que la medicina comparte con la política, la
economía y la iglesia. Afirma Knock:
Decididamente, no hay de verdadero más que
la medicina; puede ser también la política, las finanzas y el sacerdocio, que no he
ensayado todavía. (p. 38)
La nueva
práctica de Knock se basa en la redefinición de los conceptos de salud y enfermedad, y
por ello sostiene:
Caer enfermo, vieja noción ya
insostenible frente a los datos de la ciencia actual. La salud no es más que un nombre,
al que no habría inconveniente alguno en borrar de nuestro vocabulario. Por mi parte, no
conozco sino gente más o menos afectada por enfermedades más o menos numerosas, de
evolución más o menos rápida... (p. 80).
La escena
siguiente toca la cuestión moral que plantea Parpalaid cuando Knock le enseña los
resultados de su proselitismo profesional sobre un mapa de la penetración médica
en la región.[v]
El doctor: ¿Pero no es que
en vuestro método, el interés del enfermo está un poco subordinado al interés del
médico?
Knock: Dr. Parpalaid, no
olvide que hay un interés superior a esos dos: aquél de la medicina. Yo me ocupo sólo
de ése (...) Usted me da un cantón poblado de algunos miles de individuos neutros,
indeterminados. Mi rol es determinarlos, llevarlos a la existencia médica. Los meto en la
cama y miro lo que va a poder salir de allí: un tuberculoso, un neurópata, un
arterioescleroso, lo que se quiera, pero alguien ¡Buen Dios! ¡Alguien! Nada me disgusta
más que ese ser ni carne ni pescado que usted llama un hombre sano.
Este
diálogo culmina con el culto de la medicalización comunitaria, cuando Knock se dirige al
fondo del escenario para contemplar desde una ventana el cantón de Saint Maurice, en una
actitud propia de dueño y señor.[vi]
Es un paisaje salvaje, apenas humano, aquél que usted contemplaba. Hoy se lo
restituyo todo impregnado de medicina, animado y recorrido por el fuego subterráneo de
nuestro arte (...) En doscientas cincuenta de esas casas hay doscientas cincuenta
habitaciones donde alguien confiesa la medicina, doscientas cincuenta camas donde un
cuerpo extendido testimonia que la vida tiene un sentido y, gracias a mí, un sentido
médico (...) Piense usted que, en algunos instantes, van a dar las diez, que para todos
mis enfermos las diez es la segunda toma de temperatura rectal, y que, en algunos
instantes, doscientos cincuenta termómetros van a penetrar a la vez... (p. 138/s)
Si hacemos
referencia a la ideología unanimista de Jules Romains[vii], Knock es la ilustración
acabada de la figura del animador, aquél que sacude de la indolencia a todo
un grupo. En este caso un unánime con ideas fanáticas e ilusorias lleva a
todo un pueblo a descubrir que los sanos son enfermos que se ignoran y les
enseña a vivir en función del temor de la enfermedad y de la muerte. Al final un Knock
hipocondríaco convence al mismo Dr. Parpalaid de estar enfermo. El triunfo de la medicina
es el fin de sus protagonistas.
La comedia
de Jules Romains representa una auténtica profecía del poder médico y de la
medicalización de la vida hoy. El poder médico se funda sobre la vulnerabilidad del
enfermo. La falta de escrúpulos de Knock consiste en convertir la infirmitas, que
es una categoría ontológica del hombre, en enfermedad, esto es en una categoría
nosológica de la medicina. Confunde así, estratégicamente, la dimensión científica
con la metafísica, aquella positiva con ésta existencial de la naturaleza humana. Pero
la medicina imaginaria de Knock deviene peligrosamente real con el presente mito
tecnológico de un arte de curar las mismas situaciones-límite de la condición humana,
como el sufrimiento, la senectud y la muerte.
Knock es
un drama clave para el análisis del poder de la medicina. Puede arrojar una nueva luz
sobre la cuestión bioética y sobre la genealogía de la moral médica.
El lenguaje
medicalizado
La más
pura expresión de la medicalización de la vida es, naturalmente, el lenguaje ordinario
medicalizado, cuyo estudio sería de sumo interés con la metodología sociolingüística
o del análisis semiótico pragmático -relación de los signos con los intérpretes-, un
estudio atenido al uso (y abuso) del lenguaje antes bien que a su significado, según
recomendaba Wittgenstein, el primero en prestar atención médica al lenguaje,
tratándolo cual una enfermedad en su concepción de la filosofía como actividad
terapéutica.
La
medicina medicaliza la vida a través del lenguaje y de la manera en que éste organiza la
experiencia y construye el mundo. Por un lado, la ciencia médica es un lenguaje técnico,
vale decir bien hecho, con los prestigios del vocabulario grecolatino -mors
latina cum graeco velamen, según la ironía molieresca-, constituido en terminología
sistemática universal o unívoca, con un corpus lingüístico cuya influencia se
extiende a otras disciplinas, como es hoy el caso en el nombre de la teoría de los signos
(clínica es la primera acepción de semiología o semiótica) y
en la jerga de la economía, tan sensible al discurso médico (síndrome,
diagnóstico, pronóstico, etc.). Por otro lado, la praxis médica
traduce en sus propios términos la experiencia de la vida y construye un código de
comunicación social que invade el lenguaje corriente, del cual Wittgenstein también ha
dicho que es una parte del organismo humano y no menos complicado que él. Un
ejemplo es la somatización -en el sentido social y no en el clínico del
término- de la vida emocional, traducida como depresión, infarto o estrés; y ni qué
hablar de la psicoanalización de los sentimientos, vertidos como castración,
trauma o Edipo. Muchas actividades humanas, desde los oficios a la publicidad, imitan el
modelo médico de la sociedad iatrogénica.
Figuras
paradigmáticas de la medicalización del lenguaje son las metáforas médicas en nuestra
cultura, particularmente la enfermedad como metáfora según ciertos estilos patológicos
que ejemplifican la construcción social de la realidad, caso ayer de la tuberculosis y la
sífilis, hoy del cáncer y el SIDA[viii]. Naturalmente, no podemos
pensar sin metáforas, porque todo pensamiento es interpretación. La moderna teoría de
la metáfora no ve en ésta sólo una figura poética o retórica, un mero tropo,
desplazamiento de sentido o sentido figurado[ix]. La función de la metáfora
-que literalmente significa transporte- es la comprensión y estructuración
de un tipo de experiencia menos claramente delineado, en términos de otro tipo de
experiencia que entendemos de manera más directa e inmediata[x].
El de la metáfora no es un problema meramente lingüístico, sino antes bien conceptual.
Metafórico es el sistema ordinario de conceptos en términos del cual pensamos y
actuamos.
Esta
teoría de la metáfora encuentra justa e interesante aplicación en la historia y la
práctica del símil médico en nuestra cultura[xi]. Durante la modernidad se
desarrolla un paradigma médico político - cierto es que las metáforas gobiernan el
mundo- con un discurso propio que en nuestros días juega un papel extraordinario en la
comunicación social. El modelo médico en el discurso político y, en general, para la
comunicación dirigente-sociedad, se remonta al siglo V de Atenas con Tucídides, creador
de la historia política en su Tratado de Historia de la Guerra del Peloponeso[xii].
Tucídides aplica el método hipocrático al análisis de los hechos sociales,
utilizando los conceptos de enfermedad, contagio y la distinción entre síntoma y causa,
los términos diagnóstico, pronóstico y tratamiento. Pero además da en la clave de la
metáfora con su referencia a la cosa humana (tó anthropinon) como
experiencia fenomenológica y hermenéutica paradigmática en la medicina. Sobre este
modelo médico-político, tan difundido en la moderna investigación social, llamó con
brillantez a la atención crítica un ensayo de G. K. Chesterton titulado El error
clínico, recogido en su libro Lo que está mal en el mundo, que denuncia la
falacia de las metáforas en el argumento científico, cuyo
prototipo es el hábito de describir exhaustivamente una enfermedad
social y luego proponerle la correspondiente droga[xiii].
El discurso
médico en los actuales medios masivos de comunicación tiene un uso notable por
parte de la dirigencia política en general, y de la Argentina en particular durante los
últimos años[xiv].
El argumento paradigmático del código político medicalizado (o del código médico
politizado) presenta la forma siguiente:
El país (la
sociedad) está enfermo (o enferma)
El diagnóstico
(el juicio político) es tal enfermedad.
El tratamiento
(la receta) consiste en estas medidas
Este
argumento prototipo encierra una metáfora fundamental o tácita -la sociedad como
organismo o cuerpo humano colectivo- y tres metáforas proposicionales o explícitas como
los términos de un silogismo -mayor, medio y menor- que definen las premisas y la
conclusión. La metáfora básica e implícita es de naturaleza ontológica o metafísica:
el cuerpo, metáfora central de la sociedad para la tradición política, cuerpo
individual y cuerpo social en relación micro-macrocósmica[xv]. La metáfora mayor es de
carácter antropológico: salud y enfermedad, normal y patológico son categorías
trasladables de la experiencia humana carnal al orden y el desorden de la organización
social, a la continuidad y la crisis estructurales[xvi]. La metáfora media es de
índole gnoseológica o metodológica: el juicio clínico o diagnóstico consiste en el
análisis de lo sensible y lo inteligible, en el reconocimiento de las causas por los
efectos, de la enfermedad a través de sus síntomas[xvii]. La metáfora menor es de
condición prescriptiva o normativa: la conducta terapéutica es aquella que restablece el
equilibrio perdido del sistema, según las normas comunes al organismo y la sociedad.[xviii]
En suma,
las señaladas metáforas médicas en el código de comunicación social cumplen cuatro
principales funciones: a) la función real, ontológica o cosmológica (metáfora
fundamental); b) la función de experiencia, vivencial o fenomenológica (metáfora
mayor); c) la función de interpretación, hermenéutica o epistemológica (metáfora
media); d) la función de prescripción, normativa o axiológica (metáfora menor). La
medicalización del lenguaje, por tanto, no es una mera herramienta lingüística prestada
por la medicina, sino una particular organización del mundo, creación de un objeto
propio o construcción social de una realidad. La metáfora es un transporte
reversible, de ida y vuelta, movimiento de un dominio a otro de la experiencia que
constituye nuestra representación del mundo. Lo que el argumento paradigmático revela es
tanto el hecho de que la política imita a la medicina como el de que ésta refleja
aquella. No afirmamos superficialmente que la medicina contamina con su jerga técnica el
lenguaje ordinario, sino que éste testimonia
la construcción social del conocimiento médico. Y no es que la medicina no sea
científica por estar influida por las fuerzas sociales, sino que la ciencia y la medicina
son empresas sociales[xix]
El tribunal de la
medicina
La
medicina, con su triple dimensión científica, profesional y asistencial, se ha
convertido en institución paradigmática de moderna reforma social. La salud ya no es
más asunto privado, entendida como ausencia de enfermedad por una medicina en
la que aparentemente armonizaban la ciencia, el arte y el sacerdocio; la salud es ahora
cosa pública, objetivada como bienestar según una atención médica en la
que notablemente confligen la industria, el comercio y la política. De esta forma el
progreso sanitario para la calidad de vida es quizá el de mayor relevancia en la historia
reciente de la humanidad; pero así también crecen los costos del éxito, los perjuicios
en salud y dinero que no se alcanzan a disimular por los beneficios del sistema en sus
límites éticos y económicos, en una crisis de sus valores del bienestar y financieros[xx].
La
medicina es la nueva Pandora de la sociedad industrial; revestida de todos los dones y a
la vez fuente de muchos males, ella alimenta la Esperanza de la humanidad en la Ambrosía,
el pan de la salud y la amortalidad que se trasforma en el pan de la enfermedad y la
locura. Cajas de Pandora suelen ser emblemáticamente las unidades de cuidado intensivo,
donde el deseo de los hombres de combatir la muerte termina con la expropiación de ésta,
con baja calidad de vida y altos costos (20% de los gastos hospitalarios). El imperativo
tecnológico de la actual medicina produce ambiguos beneficios y en ocasiones conduce a
situaciones trágicas que replantean los fines de la medicina, y que la llamada bioética
intenta racionalizar apelando a los principios morales de autonomía, beneficencia y
justicia. Asclepio fue castigado por actuar en sentido antidarwiniano, pues resucitando
los muertos despoblaba el Hades. En este marco cabe distinguir tres grandes instancias
configuradoras del debate público con lenguaje bioético: apelación a la justicia en la
atención de la salud, apelación al beneficio en las intervenciones biomédicas,
apelación a la autonomía en la relación terapéutica[xxi].
La
recesión económica de los años 70 agudizó la conciencia del precio de la salud; una
explosión de costos sanitarios sin resultados correspondientes terminó con la pretendida
ecuación atención médica = salud. El comportamiento de esta última como bien de
consumo en una población cada día más crónica y envejeciente, y la expansión de
servicios médicos encarecidos por la tecnología, la mala praxis y el abuso de la
seguridad social, determinan un generalizado aumento de consumo y gasto sanitarios,
volviéndose escasos los recursos disponibles y necesario asignarlos racionalmente. La
financiación de la salud es ahora el meollo de la política sanitaria, y ésta a su vez
un aspecto muy significativo de la política en general tras la crisis del estado
benefactor.
La teoría
y la praxis de la justicia configuran entonces el concepto y el cuidado de la salud. El
problema de la justicia distributiva -paladín de la bioética en la política sanitaria-
es complejamente ético y económico, de principios y de resultados, deontológico y
utilitarista, con niveles de macro y micro aplicación de recursos. Las tres principales
doctrinas de la justicia social -igualitarista, liberal y redisribucionista- compiten en
la fundamentación de los alternativos sistemas de acceso a la salud -socializado, libre y
mixto. Pero además de una teoría, es preciso una praxis de la justicia como la manera
más adecuada de asignar recursos limitados o escasos, y esto quiere decir el análisis
proporcional de costos-beneficios para maximizar las consecuencias de las acciones,
conforme a las leyes de la racionalidad económica y sus principios de rendimiento y
utilidad.
Por otra
parte, además de costosas las tecnologías biomédicas resultan eventualmente ambiguas en
su poderío e inciertas en su novedad, por lo que su sentido tradicional de beneficio
terapéutico necesita redefinirse desde el punto de vista ético. La prolongación
artificial de la vida a cualquier costo, como decíamos, constituye un relativo fracaso
cuando las personas ven sus vidas sometidas a circunstancias bajo las que no desean vivir.
La reproducción artificial, en el otro extremo, desconcierta como desafío al orden
jurídico y social establecido para la maternidad y paternidad. En consecuencia, se
amplía el espectro de la atención de la salud -que incluye desde el consejo genético a
la cirugía cosmética-, y los fines de la medicina -tradicionalmente reparadora y cada
vez más modeladora de la naturaleza humana- se someten al análisis de beneficios.
Finalmente,
el logro más revolucionario en la actual ética médica es la introducción del
sujeto moral en medicina[xxii], la promoción del agente
racional y libre en la relación médico-enfermo, a partir del principio de autonomía que
Kant introdujo frente a la heteronomía de la ética clásica, describiendo incluso por
vez primera el problema del paternalismo como violación de la autonomía apoyándose en
el principio de beneficencia. Pero también es cierto que el giro de la ética médica
desde el principio de beneficencia al de autonomía no se ha hecho en verdad more kantiano,
pues la autonomía de que se trata en el modelo contractual de la relación
médico-paciente se reduce al derecho de los individuos a tomar sus propias decisiones
terapéuticas, según la tradición ilustrada de las libertades civiles defendidas (de
Locke en adelante) contra el poder del estado, tradición que sólo recientemente ha
llegado a la medicina en las democracias pluralistas. En éstas se renuevan los valores
individuales y sociales, y se tolera la divergencia en materia moral, por lo que la
relación terapéutica ya no cuenta con una moralidad socialmente establecida y
compartida, de modo que la autoridad no se deposita sino en la libre decisión de los
individuos, y se sanciona el divorcio entre el médico y el enfermo.
Estos tres
núcleos conflictivos del interés público por la medicina han dado especial fermento a
la bioética en tanto que nueva ética médica, e incluso, nueva filosofía médica. En
efecto, la bioética significa mucho más que un epifenómeno de la atención médica
norteamericana, ella configura una nueva concepción, un nuevo modelo de racionalidad en
la medicina, que surge como consecuencia de una crisis de la razón heredada[xxiii].
Se trata de una reformulación sistemática en el orden de la patología, la clínica y la
terapéutica, cuya realización histórica ha tenido lugar en tres sucesivas
introducciones del sujeto en medicina, el sujeto del pathos, del logos y del
ethos. Primeramente el cambio se produce en la patología general, cuando los
conceptos de salud y enfermedad son definidos respectivamente como bienestar y malestar,
en términos antropológicos y axiológicos abarcadores de un amplio espectro individual y
cultural. Un segundo momento lo constituye el cambio de la clínica, porque las realidades
del enfermo y la enfermedad se comprenden desde una lógica probabilística, distinta de
la lógica clínica determinista tradicional, para la cual existen especies morbosas y
tratamientos específicos (y el determinismo es la versión lógica del paternalismo
moral)[xxiv].
Final y consecuentemente, sobreviene el cambio en la terapéutica, como ponderación de
los valores técnicos y humanos que intervienen en la conducta médica, normatizada por
los principios de beneficencia, autonomía y justicia. En suma, la bioética representa el
nuevo estatuto médico antropológico, epistemológico y ético, es decir, la actual
filosofía de la medicina.
El complejo
bioético: Pigmalión, Narciso y Knock
Las
transformaciones de la medicina que han dado lugar a la bioética como nueva ética
médica son de triple naturaleza, si bien guardan entre sí unidad de sentido. En primer
término, la transformación tecnocientífica, orientada hacia una medicina del deseo o
antropoplástica, remodeladora del hombre. En segundo lugar, una transformación social de
la relación médico-paciente, introductora de este último como protagonista de las
decisiones terapéuticas. En último orden, una transformación política de la salud,
vuelta un bien social primario de economía expansiva en el mundo actual. Tres figuras
simbólicas encarnan, respectivamente, estas
transformaciones de la medicina hoy. La primera es Pigmalión, el escultor chipriota que
da vida a la estatua salida de sus manos; la segunda es Narciso, el bello adolescente que sucumbe a la
contemplación de su propia imagen especular; la tercera es Knock, el personaje dramático
que con su fanatismo profesional realiza la medicalización de la vida. Pigmalión,
Narciso y Knock identifican nuestra cultura posmoderna y dentro de ésta definen la trama
moral de la presente medicina.
El
complejo bioético de los principios constituye el inventum novum del ethoscopio,
un visor de valores o axiograma clínico, por analogía con los múltiples y diversos
somatoscopios introducidos en el arte desde la auscultación mediata de
Laënnec al inicio del siglo pasado. Con su instrumento imaginario, la bioética ha
entrado en juego como respuesta disciplinaria a las transformaciones tecnocientíficas,
sociales y políticas de la actual medicina. El complejo (en el sentido de
dificultad) bioético de los principios consiste en su realización moral frente a la
incierta beneficencia y no-maleficencia de Pigmalión, la supuesta autonomía de Narciso,
y la sospechosa justicia de Knock
* Director del Instituto de Bioética y Humanidades Médicas de la Fundación Mainetti. Centro Oncológico de Excelencia (COE). Calle 508 e/16 y 18, (1897) M.B. Gonnet, Argentina. Telefax: +54(221)471-2222; E-mail: elabe@satlink.com [i] Cf. Mainetti, J. A., Ética Médica. Introducción histórica, Cap. VII La medicina moderna, pp.57-69. La Plata, Quirón 1989. [ii] Cf. Mainetti, J. A. La crisis de la razón médica. Introducción a la filosofía de la medicina, Cap. I La crisis de la medicina, pp. 9-20. La Plata, Quirón 1988. [iii] Jules Romains es el seudónimo de Louis Farigoule, novelista y autor dramático francés, que escribió entre otras Les hommes de bonne volonté, en veintisiete tomos y murió en París en 1972, a la edad de 87 años. Knock ou le triomphe de la médecine, fue dedicada a Louis Jouvet, quien la representó por primera vez en la Comédie des Champs Elysées, el 15 de diciembre de 1923. La sátira tiene una referencia autobiográfica -J. R. la había escrito por despecho al ser reprobado en un examen y tener que abandonar la carrera de medicina- y su interpretación como comedia se debe principalmente a L. Jouvet, quien la representó caricaturescamente y la llevó incluso al cine, pero cabe una visión dramática de la misma como la de Tiegher, influida por la filosofía pirandeliana de la dualidad entre vida y forma, convertida en dualidad entre salud y enfermedad. [iv] Cf. Mainetti, J. A., El dilema del diagnóstico, Quirón 15(1):6, 1984. [v] Cf. Sciascia, Leonardo, La medicalización de la vida, en Vuelta, 21-24, julio 1987, donde se relata el avance arrollador de la medicalización en poblaciones de Italia meridional, confirmando la profecía de Jules Romains. [vi] Por sí misma la consulta no me interesa sino a medias: es un arte un poco rudimentario, una suerte de pesca con red. Pero el tratamiento es la piscicultura -viene de decir Knock, con lo cual anuncia la eventual desaparición del médico en el sistema, cuando ya no es alguien que descubre la enfermedad, le da un nombre y la cura, sino que es sólo quien firma la receta. Como dice Sciascia en el artículo citado, el triunfo de la medicina se transforma en la degradación burocrática del médico. Otros dos temas de la medicalización que se abordan en la moderna bioética y están muy bien señalados en el pasaje transcripto, son los de la sociedad de los enfermos y de la competencia de diversos bienes sociales con el de la salud. [vii] A una experiencia personal como revelación, Romains dio el nombre de unanimismo, entendiendo por tal algo próximo al concepto de una alma colectiva de los hombres. Esto fue lo que teorizó en un libro de 1908: La vie unanime. Según esta teoría, el hombre forma parte de una colectividad, de un unánime (por ejemplo, una ciudad, un país, una iglesia, un partido político). Este grupo tienen un alma común, y sus representantes mantienen relaciones múltiples y sutiles. Pero el grupo es frecuentemente indolente y sin iniciativa. Son necesarios los animadores para transformarlo en un grupo enérgico. Estos animadores pueden lanzar ideas fecundas en la muchedumbre, pero también ideas ilusorias y peligrosas. Esto es lo que sucede con el Dr. Knock. [viii] Véase el libro pionero de Susan Sontag Illness as Metaphor (1978), ensayo ya clásico sobre el uso y abuso de la metáfora de la enfermedad en nuestra cultura, al que recientemente le ha seguido AIDS and its Metaphors (1989), donde la autora continúa su análisis extendiéndolo a la enfermedad bioética por antonomasia. Remito también a un par de mis escritos sobre el tema: El estilo patológico del cáncer, Quirón, 15(2): 4, 1984; El sida y la crisis bioética de nuestro tiempo, Quirón, 19(1), 1988. [ix] Cf. Ricoeur, Paul, La métaphore vive, Seuil, París, 1975, que rehabilita el lenguaje imaginativo contra la visión corriente en la filosofía contemporánea del lenguaje (positivismo lógico, filosofía analítica y lingüística), el lenguaje poético como innovación semántica y modelo de experiencia fenomenológica e interpretativa. (Metaforizar, como decía Aristóteles, es percibir lo semejante). [x] Cf. Lakoff, G. y Johnson, M., Metaphors We Live By. Chicago, The University of Chicago Press, 1980. (Hay una edición castellana, Madrid, Cátedra, 1986). [xi] Mainetti, J. A., Ética Médica: Introducción Histórica, op. cit., acerca de las metáforas médicas en la construcción de tres paradigmas históricos de la medicina: el médico-filosófico de la Antigüedad, el médico-teológico del Medioevo, y el médico-político de la Modernidad. [xii] González de Tobia, Ana M., Extensión del código de comunicación médico-paciente a la comunicación dirigente-cuerpo social (Tucídides, siglo V a. C., Actualidad Argentina), Quirón, 20(2): 119-124, 1989. [xiii] Chesterton, G. K., Lo que está mal en el mundo, I El error clínico, en Obras Completas, Barcelona, Plaza y Janés, 1961, t. 1, p. 709. Según Chesterton, el caso social es exactamente opuesto al caso clínico: en este último sabemos cuál es el estado normal del organismo a restituir, mientras que en el primero lo ignoramos. En el caso de desarreglos físicos hablamos primero de enfermedad por una excelente razón. Porque a pesar de que pudiera haber dudas sobre la manera en que se produjo el trastorno, no hay dudas sobre cuál debe ser el estado de normalidad. Ningún médico propone producir un nuevo tipo de hombre, con una nueva distribución de sus ojos o de sus miembros. El hospital podrá, por necesidad, devolver un hombre a su casa con una pierna de menos, pero no lo devolverá (en un rapto creador) con una pierna demás. La ciencia médica se contenta con el cuerpo humano, y sólo trata de restaurarlo. [xiv] He recopilado un abundante e interesante material periodístico -oral, escrito y televisivo- sobre la moda del símil médico en nuestros medios de comunicación. La imagen de la terapia intensiva y la cirugía sin anestesia es recurrente en las recetas políticas de la hora. Quizás, como el propio Tucídides observa, la metáfora náutica es dominante en el discurso político de bonanza: la nave del estado en manos de un avezado timonel que en el mar proceloso capea las tormentas, y, restablecida la calma con viento en popa pone proa al futuro de grandeza que espera en el buen puerto augurado a la tripulación. Esta imagen de la talasocracia griega tiene su contrapartida en las épocas de crisis, con la metáfora hipocrática tan adecuada a nuestro presente destino. [xv] El cuerpo como metáfora social es una constante desde la teoría indoeuropea del macro-microcosmos y la melotesia zodiacal -la gramática o semiótica del cuerpo coincidente con la cósmica y desde Hobbes en Leviatán hay toda una tradición moderna del corpus politicus o body politic. Para la bibliografía reciente sobre el cuerpo en la teoría social, véase Turner, Bryan S., The Body and Society, Oxford Basil Blackwell, 1984. [xvi] El tema de la enfermedad como símbolo del desorden político es también legendario, el cuerpo del rey es el cuerpo del reino. (Atendido a cuerpo de rey, decimos castizamente), como en el mito del Graal y en los cuentos de hadas, que Ionesco representa dramáticamente en El rey se muere. [xvii] Un motivo recurrente e ilustrativo de los dos niveles del análisis o diagnóstico político, es la inflación identificada con la fiebre: ambas tienen común semántica (flamma: llama, calor), constituyen un fenómeno a la vez cualitativo y cuantitativo (subjetivo y medible), pueden interpretarse como antípodas (realidad preternatual o defensa natural del organismo o la sociedad), provocan también conductas antitéticas intervencionistas y no-intervencionistas, se prestan magistralmente al clivaje del síntoma y la causa, suscitan por su identidad o personificación la acción combativa. Algo tan abstracto y complejo como la inflación parece explicarse sencillamente por la fiebre (que no es menos abstracta y compleja que aquélla). [xviii] Hay paralelismo entre el gobierno o régimen del cuerpo y de la sociedad y de la sociedad, de modo que en la modernidad se realiza una somatocracia en la que coinciden el orden médico y el político, la medicina como política y la política como medicina. Todos somos pacientes de la política, en tanto que ésta nos prescribe o normatiza, pero, como afirmaba Nietzsche, no hay salud como tal, salud normal, sino salud de cada uno. [xix] Claro está que no conviene exagerar en esto de la construcción social de la realidad en medicina, aún cuando se pueda argumentar, por ejemplo, sobre la construcción social del canal de parto cuando se practica indiscriminadamente la cesárea entre nosotros. [xx]Cf. Mainetti, J. A., Bioética: una nueva filosofía de la salud, en Boletín de la Oficina Sanitaria Panamericana, número especial de bioética, junio 1990. [xxi] Mainetti, José A., La crisis de la razón médica. Introducción a la filosofía de la medicina, op. cit, cap. III, La crisis de la razón terapéutica, pp.55-58. [xxii] Cf. Mainetti, J. A., Kant y la introducción del sujeto moral en medicina", en Cuadernos de Ética, N° 7, p-51-56, junio 1989. [xxiii] Cf. Mainetti, J. A., La crisis de la razón médica. Introducción a la filosofía de la medicina, op. cit. [xxiv] Cf. Gracia Guillén, D., Fundamentos de Bioética, Madrid, Eunsa, pp.171.172, 1989. |
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