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Materiales comunes |
por
María Luisa Pfeiffer
UBA
- CONICET
Introducción
El
pensamiento contemporáneo concibe la autonomía asociándola
indefectiblemente al individuo propietario y de esa manera un ser humano autónomo
es el que es dueño de su vida y de su muerte. Las éticas que subrayan el
individualismo dan un peso fundamental a la autonomía llegando muchas veces a
convertirse en autonomistas, esto ha empujado a que las pácticas médicas
pasaran de un paternalismo a un autonomismo. Recordemos que la medicina
comienza a crecer cuando a partir del siglo XV se deja de creer en la
inmortalidad del alma para empezar a buscar la inmortalidad del cuerpo y
entonces el mal ya no es el pecado sino la enfermedad y la muerte. La salvación
ya no provendrá de Cristo,.Dios, sino del médico. Este será, cada vez más,
el que permita a los humanos vivir más y mejor, superar sus limitaciones
tanto físicas como psíquicas; pensemos que la medicina se arrogó incluso,
durante mucho tiempo, la capacidad de solucionar problemas sociales tan
fundamentales como la violencia y la diferencia.
Ese
paternalismo es puesto cada vez más en cuestión incluso por los mismos médicos
que limitan sus aspiraciones, pero esto no impide que subsista una actitud
peligrosa que es la de dejar la solución de las cuestiones conflictivas en
manos de la técnica, y este giro se ve tanto del lado de los médicos como de
los enfermos. La ciencia se ha retirado a cuarteles de invierno y sólo sale
de ellos cuando es requerida por la técnica. Hoy, los que hacemos ética nos
vemos obligados a pensar desde dónde podemos justificar y considerar buenas
las consecuencias de la aplicación de diferentes medios técnicos, hemos
olvidado las viejas cuestiones que provocaba el pensamiento científico. ¿Responde
la técnica a principios como el de la beneficencia, respeto al otro, protección
del más débil, justicia o verdad, por ejemplo? ¿Pueden ser justificados los
avances técnicos porque hacen más felices a los hombres, les ofrecen un
futuro promisorio, disminuyen las discordias y los antagonismos? Éticamente
podríamos aunar todas estas preguntas en
¿permite el desarrollo actual de la técnica que los hombres sean
libres, auténticamente autónomos? Más allá de la fascinación y
dependencia que originan los productos de la técnica, estamos obligados a
replantear por un lado la cuestión del alcance de sus beneficios y el papel
que juega en ello la ciencia médica y la biológica, y por otro el
significado y peso de eso que llamamos autonomía. Potter, uno de los padres
de la bioética considera a ésta como el próximo escalón de la evolución
humana, ello nos da la dimensión de la importancia de la reflexión ética.
La
ética es requerida como una alternativa válida de control al galopante
desarrollo tecnológico. Muchas veces se aprovecha de esta necesidad para
elaborar teorías que denigran a los técnicos o los dejan al margen de toda
ética, llevando a cabo críticas demoledoras de sus producciones. No diré
que no es esta una gran tentación frente a procedimientos tan poco fundados y
traspasado por tantos intereses
espúreos como el que nos ocupa, sin embargo sólo me detendré en algunas
cuestiones que es fundamental pensar tanto de parte de los técnicos como de
los filósofos para poder ofrecer esta práctica sin ser sospechado. Esto último
implica una postura de reconocimiento de lo que este tipo de prácticas tan
tecnificadas puede ofrecer a parejas que sufren, sin embargo, creo que algunas
de ellas, precisamente las más altamente tecnificadas, deben ser consideradas
muy cuidadosamente, ya que no sólo pueden prometer más de lo que dan sino
que pueden ser más dañinas que beneficiosas. (1) Si a esto le sumamos la
sospecha de que su desarrollo no haya sido siempre teniendo en cuenta el bien
de las parejas y del futuro niño, nos vemos obligados a seguir planteando
cuestiones que pareciera que han sido resueltas y no es así. La fecundación
asistida debería ser una práctica excepcional y no habitual, sobre todo las
técnicas de fecundación in vitro (FIV) en sus diferentes variantes y la
transferencia intraovárica de embriones (TET) o de gametos (GIFT).
Ciencia
y mitos
Nuestra
cultura ha dejado en manos de la medicina respuestas a cuestiones
fundamentales como ser la de los orígenes de la vida. Esta respuesta es dada
hoy por la biología y como tal genera un reduccionismo en que el planteo y
sesgo biológico es factor decisivo frente a cualquier otro. No es de extrañar
entonces que el médico se sienta dueño de la vida y de la muerte, no sólo
porque puede tenerla entre sus manos y ser el que decide, sino porque
participa de una concepción de la medicina que lo pone en el lugar del saber.
El médico responde a las preguntas por el origen de la vida, cuida la vida,
la restablece, incluso la resucita, (2) pero hace mucho más: es capaz de
transformar al portador de la vida, al cuerpo, en otro diferente al que es: la
cirugía plástica, los trasplantes, la fecundación asistida son los ejemplos
más notorios de este poder manejado por los médicos. Al médico tratante
-auxiliar de la naturaleza-, sucede el médico biologista -dueño de la naturaleza
y de la vida del hombre.
Dentro
de estas prácticas transformadoras del cuerpo y por consiguiente del concepto
de lo humano, la fertilización asistida es considerada como uno de los
mayores logros de la tecnociencia contemporánea. ¿Sobre qué supuestos está
apoyada que le permiten ser aceptada sin mayores cuestionamientos morales?
El
primero es epistemológico y proviene de considerar que la falta de fertilidad
es principalmente un problema médico en tanto y en cuanto afecta al
“cuerpo” humano, cuerpo que es campo de acción de la fisiología y la
biología y que sigue siendo pensado al mejor estilo cartesiano como una máquina.
Lo que no “funciona” en este cuerpo máquina es el aparato reproductor y
como no puede ser reparado hay que reemplazarlo.(3)
El
segundo supuesto es cultural y nace de la vigencia de dos viejos mitos
asociados al carácter de femenino y masculino del ser humano. Lo femenino es
asociado en todas las culturas con la maternidad
y por lo menos en la nuestra, se identifica la
capacidad de ser madre con la fertilidad fisiológica. Tradicionalmente
se consideró a la mujer estéril como una señal clara de la presencia del
mal, de lo antinatural, del enojo divino, y por consiguiente muchas veces fue
repudiada socialmente a lo largo de la historia. Hoy el repudio no es explícito,
sin embargo debe sufrirlo en forma de presiones que recurren a argumentos médicos
para justificarse. Así se la empuja al uso de la técnica para remediar su
situación disfrazando el argumento mítico de científico y
poniéndola entre la espada y la pared: el no poder ya no es excusa y
como mujer no puede no querer.
En
cuanto a la relación de lo masculino con la fertilidad es sumamente estrecha,
ya que se la asocia con la potencia sexual. El hombre infértil ve cuestionada
automáticamente su virilidad, es visto como afeminado, débil, incapaz de
reproducir la especie. Conocemos más comúnmente las consecuencias psicológicas
de la infertilidad femenina, sin embargo
“la infertilidad puede tener repercusiones emocionales igual de
devastadoras en los hombres.... algunos explican que se sienten castrados...
ya que su autodefinición como hombre pertenece principalmente a su
funcionamiento sexual”.(4)
Otros
supuestos culturales tienen que ver con el hijo fisiológico (producto de
funciones orgánicas): éste es el heredero genético y legal, el continuador
de la estirpe, el que lleva el nombre, el lugar de la proyección de los
deseos de los padres, la compañía y el sostén de la vejez. Es, en última
instancia la savia nueva reemplazando a la vieja. El reaseguro de la
continuidad de la humanidad.
Desde
el vamos, y antes de cualquier reflexión sobre el asunto, la infertilidad
aparece en la vida de una pareja como un problema grave a resolver. (5) Tener
un hijo es planteado “científicamente” como una “necesidad biológica”,
proveniente del instinto primario de conservación de la especie Va de suyo
que la mujer debe parir un hijo, que el hombre debe ser fértil y potente y
que la resultante de ello será el hijo que llevará la misma sangre, o dicho
en lenguaje actual los mismos genes. La afirmación médica acerca de lo que
es un hijo está institucionalizada por la ley, lo que hace al hijo hijo es la
sangre o los genes. Desde esta perspectiva, quien no pueda ser padre o madre,
deberá recurrir a la medicina para que lo solucione. (6) Los humanos
medicalizados de esta cultura medicalizada, buscarán respuesta a esta cuestión
en los tratamientos con fármacos primero y en las nuevas técnicas de
reproducción asistida (TRA) cuando éstos no den resultado. A ninguna mujer
se le ocurriría quejarse a un médico de su esterilidad si no formara parte
de una sociedad altamente medicalizada, y deben ser pocas las que caigan en la
cuenta de que buscan reparar su infertilidad mediante técnicas que el mercado
les ofrece “rodeadas del halo de la hazaña médica y del milagro”. (7)
Para esta sociedad el infértil es un enfermo o un anormal. En cualquiera de
los dos casos está fuera del orden socio-cultural. En cualquiera de los dos
casos debe ser recuperado para la sociedad por los médicos. Stella Lancuba
afirma que la fecundación in vitro, por ejemplo, “está específicamente
dirigida a restituir la salud”. (8)
Una
de las cuestiones más importantes que se ignoran al plantear esta técnica
desde esta perspectiva y en aras de la eficacia, es que esta práctica separa
la paternidad y maternidad de la sexualidad y el placer, desdeñando así las
consecuencias que podría ocasionar esto no sólo para la relación de la
pareja que reclama un hijo, sino para la vida de la sociedad en general. A la
concepción sostenida durante mucho tiempo por la Iglesia Católica y otras
religiones de que las relaciones sexuales se justificaban por la maternidad y
paternidad, se opone hoy el que deben serles ajenas. Es incluso estéticamente
repugnante el que existan dos tipos de relaciones sexuales, aquellas en que
procuro el placer y las otras en que procuro un hijo. Cualquiera de las dos
representan el grado más innoble de usar el cuerpo como si fuera algo ajeno a
la identidad de las personas. El cuerpo es la persona misma, en consecuencia
es un
bien y un fin en sí mismo y no un instrumento para conseguir otros bienes.
Por
otra parte se evita también considerar que las relaciones sociales se
conforman según órdenes simbólicos que tienen que ver sobre todo con el
parentesco por el que los sujetos establecen su identidad (nombre, filiación,
identidad sexuada etc).
Más
allá de las cuestiones estrictamente éticas que plantearé no se puede
ignorar el impacto de técnicas como éstas en el orden simbólico de las
sociedades occidentales, ya que pone en cuestión
fundamentos morales, jurídicos, filosóficos y religiosos. (9)
Cuestiones
éticas
El
acto médico tiene siempre dos protagonistas, el médico y el enfermo. En
estos casos hay un tercer protagonista y es el niño por nacer que comienza a
ser manipulado antes incluso del instante en que se unen las células
germinales materna y paterna. Cuando un niño es deseado comienza a
constituirse su identidad, es concebido antes del acto meramente fisiológico
de unión del óvulo con el espermatozoide: se habla de él, se lo imagina, se
le da nombre, se le prepara un lugar, se hacen bromas sobre las relaciones con
él, se formulan esperanzas y deseos. Esto es algo que deberíamos tener en
cuenta en las famosas discusiones acerca del estatuto ontológico del embrión.
Un hijo comienza a ser un hijo cuando una madre y un padre comienzan a serlo y
esto tiene que ver con lo biológico como con lo cultural y lo psicológico.
Esto es lo que nos hace pensar que no hay mejor relación con el hijo que la
que establecen padres que lo desearon.
Las
siguientes reflexiones van a tomar en consideración sólo algunas cuestiones
relacionadas con el embrión primero, luego con la madre y la pareja y por último
con otro protagonista presente en cualquier acción humana: la sociedad de la
que formamos parte.
El embrión
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Toda práctica de fecundación asistida implica que exista un sobrante
de embriones congelados. En Argentina existían en el año 2000 unos 2.300
embriones congelados. (10) Cuando uno pregunta por ellos, las respuestas son
que estos embriones “pertenecen” a los padres, que pueden ser “usados”
en prácticas posteriores, que pueden ser “dados en adopción”. Estas
“razones” justifican el mantenerlos congelados, es decir según estas
respuestas es bueno para el embrión y para los padres que los embriones se
mantengan congelados. La primera cuestión que se puede plantear es ¿es el
embrión un objeto sobre el cual puedo tener propiedad? ¿no es algo más este
cigoto que es congelado que una mera célula? Por lo pronto se detiene por el
congelamiento un proceso que es la división celular que de seguir realizándose
en las condiciones debidas terminaría siendo un bebé. Por lo menos existe la
duda razonable de que estemos tratando con algo así como una vida humana y
ante la duda no se puede dejar de preguntar
por sus derechos y de ninguna manera se puede tratarlo como posesión de
alguien o como una cosa a almacenar, excepto que ignoremos el principio de
respeto al ser humano que es uno de los principios básicos de la ética.
Por
otra parte, el número de embriones congelados excede absolutamente cualquiera
de las previsiones establecidas como justificación. Esto nos enfrenta a la
sospecha de que el congelamiento de embriones pueda tener otras finalidades no
reconocidas. Aceptando esta
posibilidad y para hacer la práctica más transparente, Nicholson (11)
propone permitir el congelamiento de embriones sólo excepcionalmente. Esto
implicaría resolver antes cuáles serán los motivos de la excepcionalidad ya
que el argumento de más peso para la crioconservación es tener ovocitos
guardados por si la práctica fracasa. Este tipo de argumentación hace poco
clara la práctica y va aumentando el manto de sospecha que la cubre de que
sus fines no son los que proclama.
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Sólo se implantan los embriones viables
La decisión sobre esta viabilidad está en manos del médico y así no
se transfieren los embriones considerados anormales o los óvulos considerados
inmaduros. ¿Hay algo más cercano a la eugenesia que esta selección? En
realidad
"cada nuevo paso adelante en
la tecnologia reproductiva humana aumenta las posibilidades de control génico
y por lo tanto las de la eugenesia”. (12) Volvemos a ver ignorado el
principio de respeto a la vida humana, ésta sigue siendo tratada como un
objeto que controlamos según criterios de calidad cosificadores. Desde el
punto de vista de las consecuencias también éstas pueden ser temibles en
cuanto que aceptar prácticas eugenésicas implica la dificultad de ponerles
un límite.
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También el número de embriones a implantar lo determina el médico. Aunque
la opinión de Blaquier, (13) es que “La determinación del número de
ovocitos a fecundar y su destino es una prerrogativa indelegable de los
padres”, en la práctica no es así. Y no puede serlo porque hay razones médicas
muy poderosas para no disminuir el número de embriones a implantar, y son que
perjudica la efectividad de la práctica. “La posibilidad de obtener un
embarazo es directamente proporcional al número de embriones transferidos,
dice el mismo Blaquier.(14) Ante tal afirmación ¿qué padre o madre se
animaría a pedir que sólo implanten un embrión? Y por otra parte ¿cuánto
más caro le puede salir el hijo si en vez de cuatro intentos debe hacer ocho
o doce? Tal vez la pregunta sea formalmente realizada, pero siempre lo es
desde el supuesto arriba enunciado. Los más
reconocidos médicos expertos en estas técnicas consideran que sería
necesario implantar al menos cuatro embriones para mantener la tasa de
natalidad alcanzada hasta el momento. Planteado así no queda muy claro si el
objetivo es mantener la estadística o el bienestar de la madre y los fetos.
Este paso del programa, como los anteriores, nos hacen seguir sospechando que
el futuro niño (no queremos entrar en la discusión que el embrión ya lo
sea) está siendo usado como objeto para conseguir otra cosa y no su propio
nacimiento.
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Muchos niegan el carácter de persona a la vida que anima al embrión.
No es raro escuchar el argumento que reconoce que existe una continuidad entre
la constitución interna del embrión y el feto, sin embargo muchos de los que
reconocen tal hecho le niegan al embrión el carácter de persona. Separan así
la vida personal de la vida humana en una nueva edición del dualismo
cartesiano. Resulta entonces, por lo menos chocante, que esta vida humana en
potencia sea tratada como un objeto de producción. Si tomamos en cuenta el
lenguaje con que se hace referencia a los procedimientos a que esta vida es
sometida: “control de calidad”, “utilización”, “rechazo”,
“porcentaje de éxito”, “eliminación” o “desecho”, “producto de
gestación defectuosa”, “sobrantes”, etc. notamos una profunda analogía
con el que se usa para referirse a productos fabriles.
Demás está decir que no se condice con ninguna ética tratar al ser
humano como al producto de una fábrica.
La pareja
Como
corolario de este tipo de prácticas, aparece el alquiler de vientres. Esta
idea viene asociada a la de que el cuerpo es una propiedad de “alguien”
que no es ese cuerpo. De modo que, como cualquier propiedad, el cuerpo puede
alquilarse para ser usado por otro. Además de la aberración filosófica y
psicológica que esto implica, porque estaríamos suponiendo que un bebé se
desarrolla durante nueve meses en un espacio vacío, sin ningún elemento o
circunstancia que lo identifique con su portadora, se acepta que una persona
alquile su cuerpo. Esto nos pondría ante la disyuntiva de tener que aceptar
también otras operaciones de alquiler de cuerpos y sólo discutir su valor
comercial, por ejemplo la prostitución, el trabajo esclavo, la compra/venta
de órganos, la compra/venta de niños (si un embrión es propiedad de sus
padres, ¿por qué no ha de serlo un niño recién nacido, o de dos años o
cuatro?). La concepción dualista asociada al liberalismo capitalista nos ha
proporcionado esta idea aberrante de que el cuerpo es propiedad de la persona
y que por consiguiente está permitido usarlo como un objeto a comprar y
vender, basta con que su dueño esté de acuerdo con el trato, es decir que
acepte contractualmente una relación comercial. No es casual que los grandes
protagonistas de este tipo de trato sean en su gran mayoría mujeres o niños,
que siguen siendo los más vulnerables en nuestras sociedades, al punto de
tener que formular explícitamente sus derechos para que les sean reconocidos.
Por otra parte está cotidianamente aceptado, tanto por hombres como por
mujeres, que la mujer sea usada como objeto: de placer, de satisfacción
sexual, de comercio, de exhibición y en este caso de reproducción de la
especie. Agreguemos a esto la facilidad con que la subrogación de vientres
puede llegar a transformarse en una forma de explotación de mujeres pobres e
incultas e incluso de las mujeres del tercer mundo que podrían convertirse en
las madres portadoras de bebés del primer mundo.
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Una de las acusaciones que se hace a este tipo de técnicas es el de ser prácticas
comerciales en que se estaría usando como mercancía el deseo de los padres y
el futuro niño. Algunos datos nos ayudarán a pensar el grado de verdad que
puedan tener estas acusaciones: en Inglaterra por ejemplo, la donación de óvulos
es gratuita, mientras que la de esperma se paga unos U$S 25. Si esto es así
hoy, nada impedirá vender tanto óvulos como esperma en el futuro apelando a
la igualdad de las mujeres. Además el servicio de un banco de esperma en ese
país tiene un costo de unos U$S 200. Este es sólo uno de los datos al que
podríamos agregar las ganancias de las clínicas que se ocupan de este tipo
de prácticas, ganancias que en general no están controladas ni siquiera por
leyes que regulen sus prácticas. Sólo dos países en el mundo tienen una ley
propia para la fecundación asistida la ley sueca de 1983-1984 y la española
de 1988, que están por cierto bastante desactualizadas.
Los
centros que realizan TRA en Argentina no están controlados ni regulados. No
hay ni leyes ni reglamentaciones a cumplir. Solo la Sociedad Argentina de
Esterilidad y Fertilidad ha establecido un código ético cuyo cumplimiento
queda librado a la buena voluntad de los profesionales.
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Un principio básico de la bioética nos obliga a no causar daño excepto que
el beneficio sea netamente mayor que este daño. Esto obliga al médico a dos
cosas: primero conocer profundamente el daño que va a ocasionar y el
beneficio que puede resultar de la práctica dañina, y en segundo lugar
informar claramente al paciente conociendo todas las circunstancias que lo
rodean para que éste pueda decidir honestamente si lo que el médico le
propone es beneficioso. Dentro de las circunstancias que condicionan al
paciente, no puede desconocerse la situación psicológica de la mujer que
llega a someterse a la asistencia médica para poder concebir. Primeramente
soporta el peso de un fracaso cultural porque no puede cumplir con el mandato
de la maternidad que ciertamente es más fuerte que el de la paternidad;
segundo ella, su útero, es el lugar donde debe tener éxito el prodigio
prometido por la ciencia, lo que la hace doblemente responsable de lo que
ocurra, porque cualquier cosa que le pase o cualquier error que cometa puede
ocasionar la catástrofe; pero al mismo tiempo la convierte en protagonista
del milagro, tercero se ve sometida a los numerosos abortos que implican los
sucesivos fracasos cuando el tratamiento no da resultado Tengamos en cuenta
que el éxito es alcanzado entre el 10% y 20% de los casos, lo cual puede
leerse como que el índice de fracasos es entre el 90% y 80%. Este argumento
podría verse revertido cuando la técnica mejorara, pero hasta entonces ¿cuántos
abortos serán necesarios? Podemos sumar a esto que en los casos en que la práctica
es exitosa, hay un 20% de abortos espontáneos. No olvidemos
que “abortar espontáneamente” luego que el implante fuera exitoso
es mucho más doloroso que no lograr quedar embarazada, ya que lo que pierde
la mujer, la pareja, no es un gameto, un embrión o un feto sino el hijo tan
deseado y tal vez toda esperanza de tenerlo. ¿Está realmente informada de
todo esto la mujer que se somete a este tipo de prácticas o sólo vive en una
nube de ilusiones llena de pañales, batitas y sonajeros alentada por la
consigna médica de que “en fertilidad es factible llegar al éxito”?
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Toda práctica invasiva, y ésta lo es en alto grado, debe contar con
la anuencia del paciente. El enfermo practica en el acto médico su autonomía
cuando no está obligado a realizar el acto de ninguna manera, cuando no es
amenazado, manipulado, cohesionado; cuando puede permitirse dudar, consultar, evaluar libremente.
Demás está decir que nadie piensa que la pareja enferma acuda al médico
obligada por una fuerza visible, sin embargo no es imposible que lo haga bajo
intensas presiones cuyo origen probablemente desconozca como son: los mitos
que rodean a la identidad femenina y masculina, el concepto de infertilidad
como enfermedad, las expectativas del grupo humano al que pertenece, el
mandato familiar, la publicidad, el halo de prodigio que rodea a la práctica.
La autonomía en el acto médico sólo puede obtenerse con certeza cuando médico
y enfermo están en un plano de igualdad. Cuando el médico aparece como autor
de milagros, cuando está revestido de un poder salvador al punto de
considerar “sus hijos”,(15) a
los niños que nacen, cuando la pareja está en un estado de vulnerabilidad
extrema debido a sus miedos, angustias, culpas, fatiga de recorrer servicios y
consultorios en vano, no parece posible hablar de igualdad de condiciones como
para que uno proponga un tratamiento y el otro lo acepte o no libremente. Podríamos
preguntarnos si esta pareja no actúa bajo coacción. Llamamos coacción a
tener que actuar bajo una amenaza creíble y seria, de tal manera que la
autonomía, la capacidad de autogobernarse esté desplazada. ¿Puede haber
mayor amenaza para una pareja que esta práctica se le presente como la última
chance de ser padres? ¿Podríamos asegurar que esos dos años en que la
pareja se somete a todas las pruebas biológicas para determinar su grado de
infertilidad, disminuyen el estado de angustia y ansiedad que impide una
evaluación critica de los riesgos, o más bien lo estimulan? Sumemos a esto
la persuasión a que son sometidos viendo tantas parejas felices con sus niños
nacidos gracias a las TRA. A gran
número de ellos no son probablemente las razones, que también las hay, las
que los mueven a consentir al tratamiento, ni los argumentos que también son
bien empleados, sino el convencimiento afectivo que les asegura que ellos van
a ser como los de las fotos o los videos. Tal vez podríamos denominar a este
tipo de persuasión o convencimiento, manipulación que es inclinar al enfermo
a adherir a la solución que se le propone usando cualquier medio. La mayor
manipulación a que son sometidas estas parejas es confirmarlas en la creencia
que llevan al consultorio, que la única solución al deseo del hijo es
someterse a una técnica de fecundación asistida. Todo ayuda: la forma de
exponer la información, el tono de voz, el gesto y el hecho de informar desde
el punto de vista positivo (con esta técnica hay un alto porcentaje de éxitos:
el 20%) y no desde el negativo (con esta técnica fallamos en el 80% de los
casos), la insistencia en que la infertilidad es una enfermedad que debe ser
curada. En este sentido y para comenzar a tomar distancia de la fascinación
que considera que un 20% de éxito es notorio ya que supera casi el de la
naturaleza, los médicos en los países más desarrollados, coinciden que para
probar la eficacia real de llas TRA se debe hablar del número de niños
nacidos sanos añadiéndole el dato: “por ciclo de nacimiento”. Es lo que
en la literatura anglosajona se denomina “llevarse el hijo a casa”. Por
supuesto que carecemos de estos datos en Argentina. La autonomía sólo puede
ejercerla una persona que tiene libertad subjetiva para decidir y no sólo la
libertad objetiva de firmar un consentimiento.
A
esto podemos sumar la fascinación de la técnica que nos subyuga a todos y
que impide no sólo que los enfermos puedan tomar distancia crítica de ella
sino incluso el mismo profesional. Las prácticas que se realicen sin tener en
cuenta la autonomía del paciente, en que el médico no haya hecho lo
necesario para que la decisión del paciente sea auténticamente responsable.
son inmorales.
.
El médico puede blandir como trofeo la firma de la pareja sobre un
consentimiento informado, pero eso no convierte en ética su conducta. Por el
contrario, si no tuvo en cuenta la situación de la pareja, si no la informó
de todas las secuencias, riesgos, pronósticos, alternativas, agrega un
elemento más a su falta de ética profesional. Para que el derecho a la
información sea de valor debe estar basado en consejos adecuados, información
completa y asesoramiento acerca de los alcances, límites y riesgos de
cualquier tratamiento. (p. ej. informar sobre las posibilidades de fracaso, la
posibilidad de embarazos múltiples (16) y los riesgos que implican para la madre y los niños, lo que implica un
nacimiento prematuro, una estimulación ovárica, (17) los daños que ésta
ocasiona en el presente y el futuro). Respecto de este último ítem por
ejemplo, la pareja debe saber que la estimulación ovárica provocará malestares
físicos generales como dolores musculares, cefaleas, edemas, dolores de
espalda, fatiga; malestares psíquicos como irritación, insomnio, estados
depresivos. Que aumentará ligeramente el tamaño de sus ovarios o la aparición
de quistes. Que existe una polémica acerca de que esta técnica aumenta el
riesgo de cáncer en el sistema genital, mamas, endometrio y ovarios. Además
que puede producirse el llamado Síndrome de hiperestimulación ovárica (SHE)
sobre todo en las mujeres mayores y con ovarios poliquísticos. (18)
La comunidad
Si
bien es cierto que desde el punto de vista de la autonomía cualquiera tendría
derecho a un tratamiento en vistas a la fertilidad, el nacimiento de un niño
en estas condiciones requiere un gasto enorme: sólo un implante tiene un
costo de $3000 a $6.000 en cada intervención, pensemos que cada práctica sea
sencilla o compleja debe repetirse entre dos y cuatro veces promedio y sumemos
a esto el gasto que se origina a nivel de investigación y tendremos una idea
aproximada de los costos que supone. (19) ¿Quién debe hacerse cargo de todos
esos gastos? La administración de recursos es un problema ético que afecta a
la justicia. Los costos en salud pueden aumentar si estas prácticas son
financiadas o subsidiadas por el estado, por seguros médicos o por medicinas
prepagas. (20) Por ello la OMS indicó en su informe sobre las TRA que los
gobiernos no tienen obligación de garantizar la posibilidad de acceder a
estas prácticas ya que existen otras opciones sociales para solucionar el
deseo de descendencia. Pero ¿no nos pone esto en una situación de inequidad
para los que no puedan pagarlas? ¿Es respuesta que sólo los ricos puedan y
los pobres no? El que la sociedad lo deje librado a la decisión y posibilidad
individual convierte a esta práctica en selectiva y discriminatoria. (21)
Por
otra parte podríamos preguntarnos ¿es lícito realizarlas cuando el
porcentaje de desnutrición y muerte de niños a nivel nacional y mundial es
tan elevado? Parece ser inconsecuente una sociedad que gasta millones para que
nazca un niño al mismo tiempo que también los gasta en técnicas
contraceptivas y abortivas, y que mientras estimula este tipo de
investigaciones por considerarlas científicas, no dispone de gasto social
para niños ya nacidos y que no viven dignamente e incluso no llegan a
sobrevivir.
Hasta
el momento los beneficiarios han sido parejas de clase media o alta. Sin
embargo hay otros beneficiarios: los científicos e investigadores, que pueden
estar guiados por la satisfacción de dos deseos, uno el de comprender y
controlar el proceso reproductivo y otro el del eventual reconocimiento social
y económico.
Cuando
hablo de sospecha por la manera en que se llevan a cabo las TRA, hago
referencia a que muchas veces parecería que lo que moviliza a los médicos
que se dedican a ello es la segunda finalidad. Si bien éticamente toda
persona tiene que poder vivir de su trabajo, no podemos aceptar que se use la
vida humana y los sentimientos de las personas para enriquecerse.
Conclusiones
El
planteo de estas cuestiones no nos aleja del hecho de que en nuestra cultura,
para las parejas infértiles el tener hijos representa un problema muy
grave, que no sólo afecta a su paternidad y maternidad sino a su misma
identidad sexual y de género. Está claro que no podemos permanecer
indiferentes ante el prójimo que sufre y por lo tanto es preciso buscar
soluciones. Lo que planteamos aquí es que la solución médica parece ser
hegemónica y no da lugar a otras posibilidades. Esto nos obliga a cuestionar
el carácter de enfermo de los infértiles, pero sobre todo, lo más
importante, que son ignorados los riesgos y la manipulación a que son
sometidas las parejas, la falta de control por parte del estado y la
indiferencia con que las acoge una sociedad manejada por la publicidad y las
informaciones superficiales, ¿Liberan las TRA a las parejas de su problema o
más bien las hacen objeto de manipulación y control? Lo que nos preguntamos
es si estos procedimientos permiten a la pareja ser auténticamente
responsables de su decisión, si les permite crecer como personas o más bien
los convierte en objetos experimentales valiosos.
No
es necesario ser muy lúcido para caer en la cuenta que los futuros padres no
tienen la auténtica posibilidad de
decidir ya que no conocen el
origen de sus propias motivaciones, no están totalmente al tanto de los
riesgos y no llegan a considerar las opciones alternativas. (22)
La
existencia de las TRA constituye una presión cultural e histórica enorme y
crea necesidades que anteriormente no existían con tal nivel de exigencia.
Esto favorece decisiones poco rigurosas que afectan no sólo a los
protagonistas sino a toda la vida social y cultural. No todas las técnicas
tienen el mismo nivel de falta de respeto por las parejas y sus futuros hijos,
existen grados diferentes de intromisión y de manipulación, por lo cual habría
que detenerse en un análisis preciso de cada una de ellas. Nuestro trabajo ha
tomado los aspectos más notorios y graves de la influencia de estas prácticas
sobre la vida de las parejas y es a partir de allí que creemos que es
necesario evitar que la investigación científica se convierta en una
superestructura que elabore sus propias justificaciones indiferente a otras
opiniones. Lo que se trastoca no es el orden natural sino el orden
significativo del proyecto en la vida de los hombres.
El
médico debe tener en cuenta esto para actuar éticamente, para saber el
resultado de su acción y para no ofrecerle al paciente más de lo que puede.
Esto en cristiano se llama humildad, es decir saber quién soy y dónde estoy
parado.
NOTAS
(1)
¿Podríamos asegurar que es beneficioso para una pareja o para la
condición moral de la humanidad en general que se implanten óvulos de fetos
abortados o de cadáver? El deslizamiento hacia prácticas aberrantes está
facilitado por el no cuestionamiento de este tipo de técnicas.
(2)
Recordemos que ante un paro cardíaco los médicos realizan
“maniobras de resucitación”.
(3)
Una
pregunta curiosa en este campo es por qué
no se hace hincapié en trasplante de órganos germinales que permitirían
el correcto funcionamiento de la máquina. En este caso el reemplazo de las
partes de la máquina funciona afuera y cuando ningún elemento de la
maquinaria sirve, los casos que no puede implantarse el óvulo fecundado, se
busca un aparato reemplazante que funcione bien.
(4)
Mason, Mary Claire, Male infertility.
(5)
Posiciones religiosas como la judía, la islámica, la budista y las
diferentes hindúes suscriben la idea de que la maternidad y la paternidad es
obligatoria para las parejas. La contracara de esto es que ser padres puede
ser reclamado como un derecho.
(6)
Sólo en segunda instancia podrán recurrir a la solución legal, que
como tal está planteada la adopción.
(7)
Tubert, Silvia. Mujeres sin
sombra: maternidad y tecnología. Siglo XXI, Madrid, 1999.
(8)
cf. Becher D. y Mammini, S., Buscado,
Ed. Tiempo, Bs. As., 1995, p.163. La Dra. Lancuba es Directora de Fertilización
in Vitro del Htal Italiano de Bs. As.
(9)
No se pueden enfrentar todas las prácticas en la misma dimensión y
con la misma preocupación, no son las mismas las condiciones de una
inseminación artificial (1200 por vez en Argentina) que la fecundación in
vitro, (400 por vez en Argentina).
(10)
El dato es proporcionado por Nicolás Neuspiller Médico de la Fundación
Fecunditas y miembro de la Sociedad Argentina de Fertilidad en un reportaje al
diario Clarín del 3-7-94
(11)
Pionero en las prácticas de fecundación asistida y fundador del CEGYR.
(12)
Digilio, Cuadernos
de Etica, p. 163.
(13)
Reconocido profesional en este campo, dirige Fecunditas.
(14)
Esta fue y sigue siendo una
de las cuestiones más discutidas por los profesionales frente a los proyectos
de ley que han sido analizados en el congreso.
(15)
El Dr. Nicholson confesó en un reportaje que se refería a los bebés
nacidos a través de las TFA como “mis hijos”. Asimismo Arturo Alfonsín,
en un reportaje en Clarín del 3-7-94 se refiere a los “hombres que crean
vida”.
(16)
El embarazo múltiple es considerado un fracaso por los especialistas
en estas técnicas. Ello se debe al mayor riesgo de parto prematuro y a que
aumenta el costo del parto porque requiere internaciones prolongadas de las
madres y los hijos que muchas veces deben hacerse en unidades de cuidados
intensivos.
(17)
En Argentina se realizan por mes más
de 6.000 ciclos de estimulación ovárica.
(18)
Este síndrome, considerado grave porque puede acarrear la muerte,
aparece en el 2% de las mujeres tratadas por este método y no aparece
con la ovulación natural. Aparece entre los 5 y 10 días posteriores al
tratamiento y se manifiesta como nauseas, vómitos, diarrea, hinchazón,
molestias abdominales, quistes ováricos palpables y otros síntomas. Hoy día
puede prevenirse con monitoreo de la paciente estimulada y no se proporciona
la droga que produce la liberación de los ovocitos si hay mucha folículos
maduros. El SHE desaparece cuando no hubo fecundación.
(19)
Una encuesta hecha en Suecia dió como resultado promedio que lo que
una pareja estaría dispuesta a pagar por un hijo serían U$S14.000.
(20)
En el Hospital Fernández de la Ciudad de Buenos Aires,
se hizo una experiencia en que el costo era de $300 a $400 por ciclo,
actualmente no se hace.
(21)
No sólo allí aparece la discriminación Se hace tanto esfuerzo y se
gastan tantas energías y dinero en lograr un niño, mientras a pocos metros
pululan los chicos desnutridos y
maltratados, grupos de riesgo de primer nivel para enfermedades como el sida,
para ser carne de cañón de la violencia, que puede plantearse como una
flagrante contradicción. Esto implica una discriminación que impera en la
sociedad incluso frente a los niños no nacidos.
(22)
El derroche de energías que hace la pareja, ese soportar cualquier
manipulación. habla de un posible amor maternal y paternal a toda prueba y
que permitiría predecir padres adoptivos excelentes
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