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Por Patricia Sorokin *
Desde el surgimiento de la Medicina
Occidental, cuyo exponente más reconocido es el médico griego Hipócrates de Cos, la
ética médica ha utilizado un criterio
naturalista para discernir lo bueno de
lo malo[1].
Dicho criterio identificaba lo
bueno con el orden natural, en tanto lo malo se asociaba con
el desorden. Esta concepción entendía como malo todo uso de
alguno de los órganos del cuerpo humano que no fuese natural y condicionaba este encuadre de orden la relación
interpersonal médicopaciente[2]
Tal orden natural no
era de carácter unívoco, ya que el médico (en aquella época las mujeres no accedían a
la educación) era considerado un sujeto activo
y el enfermo estaba ubicado en un rol de pasividad absoluta. Por ello, el
deber del médico consistía en hacer el bien a sus pacientes y la obligación de éstos radicaba
en aceptar sus indicaciones.
La misión del médico era la de
lograr un bien objetivo al restituír el orden natural al organismo sufriente.
Si el enfermo se resistía a aceptar las prescripciones médicas por considerar que no
eran buenas para sí, esta negativa se analizaba como error subjetivo.
Por lo tanto, el médico era agente
técnico y moral, mientras que el paciente era una persona necesitada de ayuda
especializada y ética. Esta caracterización de la relación médico-paciente que
signó la ética médica del orden natural es hasta hoy denominada
Paternalismo
médico.
Las antiguas creencias medievales
que sustentaban el establecimiento de relaciones humanas en virtud de un orden jerárquico
comenzaron a ser percibidas como monárquicas, verticalistas y sobreprotectoras.[3]
Al ingresar en la Edad Moderna el
espíritu social fue acercándose a alternativas intelectuales basadas en la
horizontalidad y la democracia, vehiculizadas éstas, mediante la revolución en Inglaterra, luego en Estados Unidos y
finalmente en Francia.
El aporte esencial de dichos
procesos sociales, fue el continuo viraje desde
estructuras de gobierno y de pensamiento autoritarias hacia otras más participativas.
Este cambio de mentalidades permitió incorporar la noción de Autonomía.
La bioética, en tanto disciplina
contemporánea, ha evolucionado desde el paternalismo médico (que omitía a la
familia, a la sociedad y al Estado) hacia enfoques más abarcativos de la relación
medico-paciente en los cuales el médico no sólo determina qué es bueno y qué es malo
para el enfermo sino que se empiezan a plantear dudas respecto del significado del "respeto
a la vida" en la toma de decisiones.
Si el derecho refleja la mutabilidad de los valores sociales y a través de sus
regulaciones da cuenta de fenómenos extrajurídicos, podríamos plantear que el terreno
bioético resulta propicio para iniciar un debate profundo acerca de cuestiones
cuasi-elementales y poco discutidas como la relación médico-paciente (no ya de las implicancias jurídicas de las
desavenencias entre ambas partes, sino del
encuentro o des-encuentro de subjetividades).
¿En qué circunstancias se da
actualmente esa relación médico-paciente?. El tipo de relación interpersonal entre
estas dos personas ofrece características que permiten inferir un modo de relación poco
vinculante entre ambos. Ello se debe a las condiciones en las cuales se desarrolla la
consulta[4],
conmoviendo -en ocasiones- las creencias religiosas, éticas y morales, generando un
amplio campo de discusión multidisciplinaria (fundamentalmente para la sociología, la
filosofía la educación, la medicina, la psicología, la economía, la bioética, el
derecho y la antropología) pendiente aún de acuerdos básicos. Indicaré a continuación
algunas de ellas[5]:
1) Tendencia creciente hacia la
utilización de tecnologías cada vez mas sofisticadas para la obtención de certeza
diagnóstica que permita mejorar así la prognosis. La irrupción e interposición del
aparataje entre el médico y el paciente ha contribuido a la deshumanización de la
practica médica, al privilegiar un modo de interacción impersonal.
2) La interconsulta del paciente con
médicos especializados en ramas clínicas, provoca en los miembros de este equipo ad hoc
un sentimiento difuso respecto de la responsabilidad de cada uno en la toma de decisiones.
Para el paciente esta sensación de ser revisado por cada especialista como una parte y no
como un todo, genera incertidumbre, hastío y deseos de suspender esta relación múltiple
que le impide reconocer a un médico como referente y a los subespecialistas reconocerse
como responsables por dicho paciente.
3) El sistema de salud publica en
América Latina se ha ido pauperizando progresivamente, pero subsiste aún la creencia
arraigada de que el modelo paternalista es el apropiado para la población que demanda los
servicios asistenciales (especialmente en los médicos que superan los 60 años de edad),
considerando que "sus" pacientes no poseen las aptitudes necesarias para
participar en la toma de decisiones referidas a su salud.
Pueden visualizarse intentos por cambiar este modelo, de relación
médico-paciente basada en el paternalismo, los cuales están emergiendo lentamente y con
ciertas dificultades o resistencias por parte tanto de sus colegas como de la comunidad a
la que asisten, que dista mucho de aceptar como cotidiano este cambio en la actitud
profesional.
4) Los sistemas de salud privados
son percibidos como empresas médicas fundadas en motivaciones de carácter exclusivamente
económico. Se crea entre médico y paciente una relación de proveedor- consumidor o de
agente-principal.
5) Reduccionismo medico, basado en
la concepción biologista de la enfermedad. Generalmente una persona concurre a la
consulta especializada sólo en aquellos casos en que considera que su salud está
deteriorada, es decir que recurre al médico a los efectos de ser curado de una
determinada dolencia, quedando fuera de este contrato la medicina preventiva.
Pero, ¿Será prudente
generar un intercambio masivo de opiniones y de ideas acerca de los alcances de la
relación médico-paciente en un momento social en el cual pareciera que las relaciones
interpersonales han dejado de ser vinculantes y simplemente
han pasado a convertirse en una mera formalidad?.
La confianza en el prójimo como
un mecanismo capaz de sostener vínculos intersubjetivos ha ido cediendo espacio a la idea de un nivel mínimo de confianza
informal como alternativa para concebir la vida económica moderna: Aunque más
no fuera, la confianza tiene un importante valor pragmático. En un sistema social, la
confianza es el lubricante básico y muy eficiente. Un grado adecuado de fe en la palabra
de otros nos ahorra una gran cantidad de trastornos. Desafortunadamente no es un bien que
se pueda comprar con mucha facilidad. Si se lo tiene que comprar, ello significa que ya se
tienen ciertas dudas sobre lo que se está comprando. La confianza y sus valores afines
como la lealtad y la veracidad, son ejemplos de lo que los economistas denominarían
externalidades. Son bienes, son commodities,
tienen un valor económico real y práctico; incrementan
la eficiencia del sistema, permiten producir más bienes o más de cualquier tipo de
valores que se tengan en alta estima. Pero su comercialización en el mercado es
técnicamente imposible y carente de significado[6]
En
esta globalización de los principios y de las costumbres se ha ido
extendiendo gradualmente la opinión respecto
a que los médicos por temor a las demandas judiciales actúan de modo paternalista y
beneficente. Empero la tradicional medicina
paternalista y basada en la beneficencia tiene como elemento básico la confianza mutua
entre médico y enfermo, situación que
debiera llevar a una práctica no defensiva.
Es
precisamente la desconfianza del médico en el enfermo
o en su entorno (conocida vulgarmente como la industria del juicio) la base de la tan mentada medicina defensiva.
Entiendo por medicina defensiva al
conjunto de conductas desarrolladas por los médicos para evitar las demandas por mala
praxis, consistentes en extremar los procedimientos diagnósticos y terapéuticos aún
aquellos de escasa efectividad o evitar pacientes de alto riesgo, ocasionando gastos
excesivos al sistema de atención y sometiendo al paciente a riesgos evitables.
Históricamente, la medicina
defensiva adquiere relevancia en los Estados Unidos en la década del setenta, como
consecuencia esperable de la espiral creciente de demandas contra médicos. Dichas
prácticas defensivas causaron un preocupante crecimiento del gasto en salud, tanto por el
énfasis en la utilización de tecnologías para arribar a un diagnóstico como por el
aumento de las primas de los seguros, que se tornaron casi imprescindibles para el
ejercicio profesional. Algunos estudios calcularon los costos derivados de la medicina
defensiva y las conclusiones se utilizaron para lograr reformas legales que pusieran
algún tipo de límite a las demandas[7].
Los vertiginosos progresos en el
diagnóstico y el tratamiento médico como consecuencia de las innovaciones tecnológicas
incorporadas en la práctica médica, han sido acompañados por la implantación de
técnicas sofisticadas, algunas de ellas cruentas, mortificantes, intrusivas,
frecuentemente muy costosas y de alta
complejidad.
Por otro lado, a la par del avance
técnico, se han incrementado el número de
demandas por mala praxis médica, como resultado de la
fragilización de la relación entre el médico y el enfermo.
El
aumento de demandas legales ha producido en forma reactiva el desarrollo de estrategias
polimórficas entre los médicos y otros profesionales de la salud, las cuales modifican
las prácticas comunes, pudiendo provocar
gastos innecesarios al sistema de atención y al enfermo sin mejorar los resultados
clínicos.
La incorporación sistemática de
una tecnología impersonal y deshumanizante en
detrimento de un vínculo dialógico médico-enfermo, reduce los momentos de
intersubjetividad y desaparecen así las variables socio-.antropológicas del análisis
contextual en que se desarrolla una enfermedad, la professio[8]
se apoya en la tecnología.
La presión social y el deseo de
acceder a una salud equitativa, genera paradójicamente que los mismos dolientes y sus
familiares exijan para sí que les sean prescriptas
dichas prácticas de alta complejidad porque
caso contario aducen sentirse como pacientes
de 2ª categoría.
La responsabilidad de la salud ha de
ser compartida entre el médico y el paciente y fundamentalmente en el conocimiento, el
respeto mutuo y la combinación de la pericia y la ética"[9]. Considero, entonces, que el núcleo de la
práctica médica se centra en la relación médico-paciente, pero también creo que en
dicha relación no siempre existe una interacción entre ambas partes.
Asimismo, el gradual reconocimiento
del paciente como agente moral, es decir, responsable en la atención de su salud, capaz
de saber y decidir, han ido modificando los cánones de la tradicional relación
médico-paciente (asimétrica, vertical y paternalista, cuando no autoritaria y
deshumanizante),[10]
fenómeno que se tradujo, entre otros hitos, en la aparición de numerosas Cartas y
Declaraciones de Derechos del Paciente y en la sanción de leyes que consolidan, entre
otros derechos: a) la disidencia
terapéutica, b) el rechazo, limitación o supresión de un
tratamiento por parte del paciente competente debidamente informado así como el de sus
cuidadores primarios.
El
ideal igualitario de acceso a los servicios de salud
y una justa asignación de los recursos biomédicos de todo tipo, a fin de
asegurar el derecho a la preservación de la salud que en nuestro país posee de
rango constitucional-, es también un factor determinante de la problemática indicada.
Sin embargo distamos mucho de alcanzar niveles aceptables de equidad en el acceso a la
salud[11].
Los médicos se enfrentan
cruelmente a una justicia distributiva escasamente justa a la hora de asistir a sus
pacientes en un hospital público y muchas de las demandas por mala praxis obedecen a
negligencia, imprudencia o impericia causada fundamentalmente por carencia de recursos
sanitarios básicos o a los daños provocados mediante terapéuticas aplicadas en
pacientes ingresados por urgencia
La medicina tecnológica altera la relación clínica en la fase de elaboración del
diagnóstico, y en el mismo sentido, desvirtúa el acto terapéutico. El verdadero médico no es visto como aquel que
cuida al paciente, sino quien cura cómo sea la enfermedad.
El encuentro del equilibrio para
que la Medicina Moderna logre promover nuevamente la aproximación del médico y el
enfermo está aún por llegar y todavía parece lejano. La intromisión de la tecnología
en la relación clínica es tan grande y profunda que los desafortunados protagonistas ni
siquiera se re-conocen; y si no hubo un
conocimiento profundo entre ambos -y carecen el enfermo
de valoración y de entidad en tanto persona
y el médico de reconocimiento profesional-
es casi obvio que la gente crea mágicamente en la tecnología como salvación para postergar su deterioro psico-físico y/o su muerte.
Si Potter[12]
concibió a la Bioética como "un puente
hacia el futuro" y aquel futuro es hoy un presente globalizado que se caracteriza por ciertos patrones de conductas tales como: la competitividad exacerbada, el exitismo y la
ambición de dinero y/o de poder desmedida , las que tienen como sustentos basales: la pérdida del afecto en los vínculos
intersubjetivos, el individualismo extremo y
la hipercompetitividad, entonces se corre el riesgo social
que dichas conductas -al ser aceptadas como habituales, al igual que cierto tipo de sustancias
psicoactivas- comiencen a generar tolerancia.
Construír
relaciones vinculantes, solidarias y basadas en la confianza recíproca (más allá del
plano declamatorio y circunstancial) fortalecerá una Bioética menos abstracta y más
comprometida con la realidad de la gente, aquélla que reclama día tras día gozar de los
privilegios que supone la calidad de vida, es decir ser tratados dignamente, tanto se trate de
médicos como de pacientes.
* Magister en
Salud Pública. E-mail: maxwellsm@ciudad.com.ar [1] Laín Entralgo, P: La medicina hipocrática. Alianza Universidad. Madrid. 1987. [2] Gracia, D:Bioética Clínica. Edit. El Buho. Bogotá. 1998. [3] Para profundizar véase Sánchez González, M.A: Historia, Teoría y Método de la Medicina: Introducción al pensamiento médico. Masson. Barcelona. 1998; y sobre el mismo tema ver Drane, J: Becoming a good doctor. The place of virtue and character in medical ethics. Sheed & Ward. Kansas. 1988 . [4] Lavados, M y Serani, A: Etica clínica: Fundamentos y Aplicaciones. Ed. Universidad Católica de Chile. Colección Textos Universitarios. Santiago de Chile. 1993. p. 348.
[5]
Sorokin, P: Acerca del consentimiento informado en los test gráficos de figura humana .
En Bioética y Derecho: un análisis socio-jurídico. DE 045. Programación Científica
UBA 1994/97.
[6]
Arrow, Kenneth. The limits of organization. Norton. New York. 1974:, p. 23. [7] Blanco MR: Temas de Responsabilidad Médica por Mala Praxis. Ed. Akadia. 1993, Buenos Aires, p. 1-10. [8] Para Gracia, D. el médico es entendido como un agente social, cuyo rol consiste en cuidar de la salud de los miembros de un grupo humano. Este reconocimiento o ratificación generalizada ha querido significar en sus orígenes el término latino professio: profesar o confesar públicamente a alguien, pudiendo ser profesional tanto un médico como un sacerdote o un obispo.
[9] Szazs H. M. La Bioética: Fundamentos filosóficos
y aplicaciones. Boletín de la Organización Panamericana de la Salud.
1990;
108 (5-6): 331 [10]. Ver Beauchamp, Tom L. y Childress, James F., Principles of biomedical ethics, Oxford University Press, New York-Oxford, 1994, p. 271 y ss. Para el rol del enfermo en el derecho, ver Mackinson, G. J., Bioética y derecho: reflexiones sociojurídicas, en Bioética, sociedad y derecho, Lema, Bs. As., 1995, p. 129 y ss. [11] Ver en profundidad Blanco, L. G., Principios bioéticos contenidos en las nuevas normas constitucionales. Derecho a la salud y protección del usuario de los servicios de salud quien enfatiza legalmente los aspectos aquí sintetizados; Ver también Mackinson, G. J., Derecho a la salud dado que la autora indaga en la temática de la asignación de recursos de un modo innovador, a través de un abordaje socio- jurídico,. Ambos trabajos En Estudios sobre la reforma constitucional de 1994, Depalma, Bs. As., [12] Van Rensselaer Potter, médico onc6logo, publica en 1970 "Bioéthics: bridge to the future", libro en el cual vuelca su preocupación por la tecnologización de la medicina, por sobre las técnicas biológicas, y concibe la necesidad de no perder de vista la tarea humanitaria de la medicina y la importancia de pensar en las personas por sobre todas las cosas.
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